Artículo extraido del Blog "El
Cangrejero" con la autorización de su
autor.
Nos ha tocado vivir la época
de mayor esplendor de nuestra Semana Santa, sin duda el momento más
relevante de su historia: creación de nuevas corporaciones que vienen a
suplir las necesidades religiosas y de acción social de algunos barrios,
cambios en la fisonomía de las hermandades (nuevas imágenes, nuevos
bordados y enseres...). En definitiva, la Semana Santa es algo vivo, en
continua evolución. Por eso también se hace necesario cuidar, proteger y
restaurar el patrimonio de las hermandades.
Actualmente la labor de
restauración en imaginería está muy avanzada, como podemos comprobar por
los estupendos trabajos que viene realizando el IAPH o la reciente
limpieza del Gran Poder a cargo de los hermanos Cruz Solís. Incluso en
otros campos artísticos cofrades, comprobamos como ejemplo los magníficos
resultados en la restauración de bordados. Desgraciadamente, en la
imaginería no todas las restauraciones son buenas, resultando en ocasiones
auténticas escabechinas.
Habría que ver qué se entiende
por “restauración”. Unos opinan que la imagen debe recuperarse tal y como
se concibió (policromía original, reposicionamiento de miembros,
eliminación de pestañas modernas...). Otros siguen esta premisa y además
mantienen cualquier vestigio fortuito posterior como prueba histórica de
ese hecho: por ejemplo, las oquedades producidas por xilófagos o los
despintes propios de la devoción en los besamanos y besapiés.
Sin embargo, algunos se
dedican a “re-crear” las efigies a su real entender, modificándolas y
convirtiéndolas a veces en imágenes irreconocibles para los devotos, con
el consiguiente trauma para ellos. Cierto es que no todas las
re-creaciones son deleznables, incluso han sido aceptadas por el pueblo
con el tiempo. De este último caso tenemos varios ejemplos: la Virgen de
Gracia y Esperanza, a quien el imaginero Sebastián Santos dulcificó los
rasgos; la Virgen de las Aguas, a quien el propio Santos eliminó su
hieratismo y acrecentó su belleza; o las vírgenes del Valle, Socorro y
Esperanza de Triana, a cuya belleza estamos ya acostumbrados a pesar de
que su aspecto actual no tenga nada que ver con el que lucían hace 100
años. En ciertos casos arriba mencionados, la acción del fuego o de la
carcoma ha forzado el cambio en la fisonomía de la imagen, pues los
antiguos métodos de restauración no estaban lo suficientemente avanzados.
Pero, ¿y en el resto? ¿Qué llevó a Sebastián Santos a modificar a las
vírgenes de Gracia y Esperanza y Aguas? ¿Por qué Dubé de Luque
“macarenizó” a la Virgen de Consolación? ¿Por qué manipuló Ramos Corona el
rostro de Gracia y Amparo, añadiéndole varios regueros de lágrimas,
exagerando el ceño y bajando sus párpados? Y es que muchas de nuestras
vírgenes han perdido traumáticamente (o, si lo prefieren, salvajemente) su
antigua fisonomía en el plazo de unos 20 años más o menos.
Se da la circunstancia de que
la mayoría de los “restauradores” arriba mencionados son imagineros, no
restauradores. Y yo me pregunto: ¿tanto cuesta hacer trabajos de
restauración mínimamente decentes? A la vista está la formidable labor
acometida a imágenes como Valle, Victoria, Lágrimas, Desamparados, Salud y
Buen Viaje, Gran Poder o Mayor Dolor en Su Soledad, entre otros. La
cuestión es muy simple: dejar el ego de imaginero a un lado y tratar de
aflorar la humildad de ser un buen restaurador, dejando los cristos,
vírgenes y santos tal y como el pueblo los ha querido toda la vida.
Francamente, si fuera imaginero y me hubieran encargado una restauración
pero no me viera capaz de realizarla, declinaría el ofrecimiento de la
hermandad de turno en favor de un buen restaurador profesional.

Izquierda: Virgen de Gracia y Amparo antes de ser retocada. Foto:
Fernand.
Derecha: Virgen de Gracia y Amparo después de ser retocada. Foto:
web de la hermandad de los Javieres.
©
José Luis González Rapela, 24-VIII-
2008
correo:
jlgrapela@yahoo.es