Obispo hispanovisigodo de
Sevilla (siglo VII).
Su festividad se celebra el 26 de abril.
Es el patrón de la carrera de Filosofía y Letras y, recientemente, de Internet.
Santo titular de la Hermandad
sevillana de
San Isidoro

EL ALZAMIENTO VISIGODO Y LA CAÍDA DE ROMA.
Corrían los albores del siglo V cuando, en el año 410, Roma fue saqueada por el
rey Alarico,
tras años de vejaciones por parte de Roma hacia sus aliados germanos. El Imperio
Romano ya no era ni la sombra de lo que fue: la pérdida de valores, la
inmoralidad, la corrupción, la mala gestión económica y administrativa -¿les
suena de algo?- habían convertido al otrora floreciente imperio en una triste
caricatura de sí mismo.
Hacia 395
Alarico, del pueblo de los baltingos, fue proclamado rey de los visigodos. Los
baltingos, descendientes del caudillo Baltha, tenían fama de ser audaces y
valientes, y Alarico I, fundador de la dinastía baltinga, fue un digno
representante de su pueblo. El incompetente emperador Honorio había despreciado
en demasiadas ocasiones a sus hasta entonces aliados bárbaros, en general, y a
los godos en particular. Esto provocó que el ejército bárbaro, hambriento de
víveres y hastiado de promesas incumplidas, irrumpiera en Roma el 24 de agosto
de 410 a través de la puerta Salaria, situada al nordeste de la ciudad. La
Ciudad Eterna fue saqueada, pero Alarico ordenó respetar los templos cristianos
y las obras de arte. Por aquel entonces el pueblo godo ya había sido convertido
al arrianismo
por el obispo Ulfila.
Cuenta Modesto Lafuente en su Historia de España
que, yendo Alarico con su ejército camino de Roma, se le acercó un ermitaño y le
preguntó: –«¿A dónde vas?», a lo que el godo respondió: –«Dios lo sabe. Siento
dentro de mi una voz secreta que me dice: “anda y ve a destruir a Roma”».
El ejército bárbaro acampó a las afueras de la Ciudad Eterna, y comenzó un duro
asedio. La gente moría de hambre y, ante la escasez de alimentos, comían las
cosas más repugnantes. Dos diputados de la ciudad salieron a negociar con
Alarico, e intentaron infundirle un cierto respeto hacia Roma diciéndole: «Mira
que aún hay en Roma inmensa muchedumbre de gente». –«Mejor -replicó el godo-,
cuanto más espesa la hierba mejor se corta». Pactaron el precio del rescate y,
no pudiendo pagarlo, los romanos tuvieron que destruir sus propios ídolos:
«Acordaron despojar las
imágenes de los templos, y fundieron las estatuas de oro de la Virtud y del
Valor. Así derribaban ellos mismos sus ídolos: y en cuanto al Valor y la Virtud,
¿para qué querían los que no tenían ya ni virtud ni valor las imágenes que los
representaban?(5)».
La noticia del saqueo de Roma corrió como un reguero de pólvora
a lo largo y ancho de la Cristiandad. Si Roma se hundía, ¿supondría ello el fin
de la Iglesia? San Agustín se consolaría con una sentencia de Plotino: «No es
grande el hombre que se asombra de la caída de las murallas y de la muerte de
los mortales». Para infundir ánimos a los desventurados católicos romanos, el
santo de Hipona escribirá, entre los años 413 y 426, una obra monumental: La
Ciudad de Dios, de la que cabe destacar esta hermosa cita del libro XIV,
capítulo 28:
«Dos amores fundaron dos ciudades: el amor
propio hasta el desprecio de Dios, fundó la ciudad terrena. Y el amor de Dios
hasta el desprecio de sí mismo, fundó la ciudad celestial. La primera se
gloría en sí misma, y la segunda en Dios. Porque aquélla busca la gloria de
los hombres, y ésta tiene por máxima gloria a Dios, testigo de su conciencia(6)».
La caída del Imperio Romano no será ni el fin del mundo ni el fin de la
cristiandad. Las dos ciudades existen desde los tiempos de Caín y Abel, y nada
tienen que ver ni con Roma ni con la Iglesia. Roma caerá, pero al hacerlo no
arrastrará consigo sino sus propios pecados: el triunfo de la Ciudad de Dios
está asegurado. De hecho, de no haber mediado la conquista de Alarico ¿se habría
escrito La Ciudad de Dios?, se preguntó el agustino Fr. José Morán; y él
mismo respondió: «Me atrevería a decir que esta obra, si no sistemática, sí
esquemáticamente, estaba escrita antes de escribirse(7)».
La caída de Roma supuso un nuevo orden mundial. La
otrora provincia romana de Hispania se convertiría en un reino visigodo
independiente. El rey Ataúlfo(8),
asesinado en extrañas circunstancias por uno de sus criados hallándose en los
establos, había soñado con crear el reino de Gotia. Tras su repentina muerte y
el ascenso al trono del sanguinario Sigerico(9),
su sueño tendría que esperar... y Gotia acabaría siendo, para siempre, Hispania.
LOS “SIGLOS OSCUROS”
Antes
de comenzar con san Isidoro, para situarnos un poco en lo que fue la Hispania
visigótica en la que nuestro santo vio la luz, deseo hacer un inciso para
referirme a los mal llamados “siglos oscuros”. El canto patriótico que nuestro
inmortal autor hace de España, al inicio de su obra Historia de los Reyes
Godos, Suevos y Vándalos, conocido como De Laude Spaniae, bien podría
servir de ejemplo a muchos españoles de hoy, y casa mal con la imagen que
tenemos de una Europa devastada y bárbara durante la Antigüedad Tardía y la Alta
Edad Media:
«De
todas las tierras cuantas hay desde Occidente hasta la India tú eres la más
hermosa, ¡oh, sacra Hispania, tierra bendita, madre siempre feliz de príncipes
y de pueblos! Bien se te puede llamar reina de todas las provincias. El
Oriente y el Occidente reciben la luz de ti, honra y prez de todo el orbe.
Eres el honor y el ornamento del mundo, la más ilustre porción de la tierra,
en quien la gloriosa fecundidad de la raza goda se recrea y florece...».
Si bien es cierto que Isidoro es una de las “luminarias mayores” que alumbraron
a los mal llamados “siglos oscuros”, no es la única. Autores de la talla de
Agustín de Hipona, Benito de Nursia, Ambrosio de Milán, Gregorio de Tours, Juan
Crisóstomo, Gregorio Magno, Beda el Venerable, el monje Alcuino, etc., son otras
“luminarias mayores”. Y, junto a ellos, tenemos a las “luminarias menores”, no
porque su obra fuese pequeña, sino porque así como el sol eclipsa a la luna y a
los luceros, la figura de los autores antes mencionados empequeñece a estos
otros, aun siendo todos ellos figuras de primer orden, que dejaron su impronta
en la historia y en las letras de nuestra patria y de la cristiandad. Entre
éstos destacan, refiriéndome tan sólo a los españoles, personajes del calibre de
Leandro de Sevilla (hermano de san Isidoro), Ildefonso de Toledo, san Fructuoso,
Millán de la Cogolla, san Beato de Liébana, el obispo Masona, Juan de Biclaro,
Sisebuto (el rey teólogo), Liciano, san Martín de Dumio, san Braulio, amigo de
san Isidoro, quien escribiría de la obra del sevillano en su Renotatio
Isidori:
«Tus libros nos llevan hacia la casa
paterna cuando andamos errantes y extraviados por la oscura ciudad de este
mundo. Ellos nos dicen quiénes somos, de dónde venimos y dónde nos
encontramos. Ellos nos hablan de las grandezas de la patria, ellos nos dan la
descripción de los tiempos, ellos nos enseñan el derecho de los sacerdotes y
las cosas santas, la disciplina pública y la doméstica, las causas, las
relaciones y los géneros de las cosas, los nombres de los pueblos, las
regiones, los lugares y la esencia de cuanto existe en el cielo y en la tierra».
Por no resultar excesivamente prolijo, resumo en dos citas la verdadera
dimensión cultural que tuvo las Escuela de Sevilla antes de la invasión
musulmana y cómo ésta, lejos de ser el fausto acontecimiento que, no sé con qué
fin, algunos pretenden vendernos, en realidad no fue sino una catástrofe que
supuso el fin de una de las culturas más florecientes del mundo, y el inicio de
ocho siglos de guerra de Reconquista, y de masacres entre las propias taifas
musulmanas:
«Fácilmente se comprende, pues, la
influencia que san Isidoro ejerció en la cultura universal. San Leandro,
primero, y después su hermano hicieron que la Escuela de Sevilla fuera el foco
de donde irradió la luz que iluminó al Occidente bárbaro.
Con san Isidoro estudiaron san Braulio,
san Ildefonso, el después rey Sisebuto y Redempo, clérigo de la Iglesia
hispalense; Tajón y otros muchos, ilustres todos y dignos discípulos de tan
insigne maestro.
Fuera de España, el venerable Beda
continúa la tradición isidoriana en Inglaterra; Alcuino, en los días de
Carlomagno, restaura las escuelas de la Galia con arreglo al modelo de la
hispalense, restauración en la que colaboran tres españoles: Teodulfo,
Claudio, y Prudencio Galindo; más tarde, los cenobitas alemanes copiaban las
Etimologías para beber la ciencia en tan purísimas fuentes; Rhábano de
Maguncia,
en el siglo IX, difunde los conocimientos de san Isidoro en la Europa Central;
el Anónimo de Rávena escribe una Cosmografía, calcada en el libro de
los Orígenes; las Escuelas árabes tampoco pueden sustraerse a la
influencia de esta obra, que se sigue proyectando hasta la época de Alfonso
VII, precursor de Alfonso X, que utilizó la parte histórica de la
Etimologías para su Estoria de Epanna, y hasta el siglo XV, al
producirse el Renacimiento, la enciclopedia isidoriana fue una de las obras
básicas de cultura, en cuanto tendía a su restauración y conservación».
Y don César Vidal, en su obra España Frente al Islam, afirma lo
siguiente: «Los hijos de Witiza solicitaron la ayuda de Musa convencidos de que
podrían utilizar a los musulmanes como mercenarios, y que, después de realizado
el servicio requerido, volverían a sus dominios del norte de África. El error no
pudo ser de mayor envergadura ni verse seguido de peores consecuencias. Los
musulmanes no sólo no tenían la menor intención de retirarse, sino que además
aniquilaron la riquísima herencia clásica española para sustituirla por un
dominio despótico en el que, como veremos, ni siquiera los conversos al islam se
sentirían tratados con justicia(13)».
LOS EXILIADOS DE LA CARTAGINENSE
Hacia el año 554 apareció en Sevilla una familia exiliada de la provincia
Cartaginense: el padre era un patricio romano católico llamado Severiano,
conocido también como el Duque Severiano. De la madre se sabe que era visigoda
de raza y arriana de religión(14),
aunque al poco tiempo de llegar a Sevilla se convertiría al catolicismo. Algunos
afirman que su nombre era Teodora o Túrtura(15)
y que era de sangre real, con lo cual nuestro santo sería descendiente de la
realeza goda. Con ellos llegan sus hijos Leandro, ya adolescente, que ha
recibido una esmerada educación, tal y como correspondía al hijo de un patricio
romano; su hermano menor, Fulgencio, y la pequeña Florinda. Los tres habían sido
bautizados en la Iglesia Católica, y ni sus nombres ni su fe recordaban a la
raza y religión de su madre. Mención aparte merece otra hermana, Teodosia,
católica como sus hermanos, a la que no cita Pérez de Urbel, y cuya existencia
niega Ismael Quiles al hablar de la familia de Isidoro. Modesto Lafuente sí
habla de ella y nos dice que fue la primera esposa del rey Leovigildo (Lew-gild):
«Habíase casado Leovigildo con Teodosia,
hija de Severiano, gobernador bizantino
[sic] de la provincia de Cartagena, de la cual había tenido
mucho tiempo antes de ser elevado al trono los dos hijos Hermenegildo y
Recaredo. Viudo de Teodosia, contrajo segundas nupcias con Gosuinda,
que lo era de su antecesor Atanagildo. La primera había sido católica, la
segunda era arriana furiosa».
El benjamín de la familia, Isidoro, nacería ya en Sevilla, aunque entre los
autores que he consultado la cuestión no es pacífica: así, mientras que para don
Francisco Vera nuestro santo nació el año 560 «en Sevilla o en Cartagena, punto
no esclarecido todavía, aunque parece lo más probable que fuese en esta última
ciudad donde vio la luz(19)»,
para el jesuita P. Ismael Quiles y para Fr. Justo Pérez de Urbel no hay duda de
que Isidoro nació en Sevilla por lo cual, también por nacimiento, sería “san
Isidoro de Sevilla”.
Una bruma de leyenda envuelve a ciertos relatos, cuanto
menos sospechosos de apócrifos, referentes a Isidoro. Así, Marieta cuenta que,
según la tradición, cuando nació:
«Estando en la cuna (como se dize de san
Ambrosio) sele assentó sobre la cabeça vn enxambre de auejas que anunciauan
tan temprano la dulçura de su eloquencia. Esto encarece san Ilefonso tanto,
que dize ponía con ella espanto a los que le oyan, y los que una vez oyan
deseauan oyrlo otra vez, y entonces les era de nuevo más suaue y gustoso».
Esta
tradición no sólo se atribuye a san Isidoro y a san Ambrosio, sino que a san
Juan Crisóstomo se le representa con un libro y, con menor frecuencia, con un
enjambre de abejas en alusión a su retórica, dulce como la miel. Por ello
podemos afirmar, sin miedo a errar, que estamos ante un relato metafórico usado
por el hagiógrafo para ensalzar las virtudes oratorias del santo.
Independientemente de la veracidad o no del relato, lo que sí que es cierto es
que san Isidoro sería la figura más preclara de la Cristiandad del siglo VII.
Pero Isidoro no fue siempre ni estudioso ni aplicado.
Cuando era joven adolecía de una cierta torpeza o apatía para el estudio, y no
soportaba la férrea disciplina a que le sometía su hermano Leandro. Sus padres
habían fallecido, y Leandro era ahora quien ejercía de “pater familias”.
Un relato posiblemente apócrifo (o tal vez no), cuenta que un día Isidoro, harto
de la disciplina de su hermano, y acaso desanimado por el poco provecho que
obtenía de los libros, huyó de casa. Llegando a Itálica sintió sed, y vio a una
mujer sacar agua de un pozo. Se acercó al pozo y observó que el agua había
horadado la piedra. Tanto le impresionó el hallazgo que pensó que, así como el
goteo constante del agua(21)
había moldeado un canal en el pétreo brocal, el estudio constante moldearía su
duro cerebro. Volvió a casa, aceptó de buen grado el castigo de Leandro, y se
sumergió en el estudio. Muchas veces un acontecimiento banal, anecdótico, puede
cambiar el curso de la historia: ¿Qué habría pasado si Isidoro no hubiera
sentido sed?, ¿O si en lugar de un pozo hubiera corrido por allí un riachuelo?
¿Estaríamos, entonces, hablando hoy de una de las figuras más relevantes de la
Alta Edad Media? Gracias a Dios, sintió sed y se acercó a un pozo.
EL MONJE
A la muerte de sus padres, Leandro tomó una decisión: invertiría su herencia en
la fundación de dos monasterios. Uno femenino, en el que ingresa su hermana
Florentina, y otro masculino del cual él será el primer abad, que cuenta con una
escuela monacal. Y esta decisión fue decisiva para que el nombre de Sevilla, que
ya durante la dominación romana había dado dos emperadores al Imperio(22),
sonase con gran fuerza en el mundo de la cultura occidental a raíz de la llegada
de la familia de Severiano. Ya sabemos la fama que adquirieron san Isidoro y san
Leandro, pero ¿y los demás hermanos? Teodosia contraerá matrimonio con
Leovigildo, y dará a luz a san Hermenegildo y al futuro rey Recaredo (Reke,
venganza, Rede, palabra); santa Florinda será abadesa de más de cuarenta
cenobios, y san Fulgencio será obispo de Écija.
El pequeño Isidoro estudia y se forma en la escuela
monacal, bajo la disciplina y vigilancia de su hermano Leandro. La actitud de
éste para con el neófito debió de ser una mezcla de severidad y caridad, de
castigo y dulzura; sabe que ese niño tiene un talento del que cabe esperar
grandes cosas. Leandro se siente ahora padre de su hermano menor, y así se lo
hace saber a Florinda en una carta: «Ruégote, carísima hermana mía, que te
acuerdes de mí en tus oraciones, así como de Isidoro, nuestro hermano más
pequeño, a quien yo tengo verdaderamente como a un hijo, cuyo amor prefiero a
todas las cosas de la tierra, y en quien descanso con el más profundo cariño.
Ámale tú también especialísimamente, y pide por él a Jesús con tanta mayor
insistencia, cuanta fue la ternura que, como sabes, le profesaron nuestros
padres(23)».
El ambiente que se respiraba en el monasterio era
disciplinado y austero, imbuido por el espíritu de caridad de Leandro, el cual
prevenía a sus monjes contra los “cantos de sirena” y los peligros del mundo; de
ahí que hubiera que extremar la vigilancia y el cuidado en el trato con las
gentes del siglo: «Huye los cantos de las sirenas –dice Leandro–, no sea que
halagados tus oídos por los ecos engañosos de la tierra, te apartes del camino
recto y vayas a chocar a tu diestra con algún escollo, o derivando hacia la
izquierda, te hundas en el abismo de Caribdis. Defiende tu corazón con el escudo
de la fe, siempre que vieres alguna cosa contraria a tu profesión, y sella tu
frente con el trofeo de la cruz(24)».
Sin embargo, no todos los estudiantes de la escuela
monacal eran aspirantes a ser futuros monjes(25):
había allí también hijos de magnates y futuros clérigos, que buscaban enriquecer
su alma y su sabiduría. También ellos estaban sometidos a la férrea disciplina
de Leandro, disciplina bajo la cual ya comienza a descollar la figura de
Isidoro.
Y llegó el día en el que el joven Isidoro compareció
ante su hermano, en medio de la asamblea monacal. En sus manos portaba las
tijeras con las que el abad habría de practicarle la tonsura en forma de cruz
latina. Leandro le vistió el hábito y le cortó el cabello invocando sobre él “el
nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, que reina por los siglos de los
siglos”. El coro de los monjes cantaba una antífona, saludando al neófito.
Terminado el canto litúrgico, Leandro volvió a hablar ¿Qué les pasaría a los
hermanos en esos momentos por la cabeza? ¿Sería la voz de Leandro firme y llena
de orgullo o, como afirma Pérez de Urbel, temblorosa de emoción? Sea como fuere,
pronunció estas palabras: «Sea de vida laudable. Sea sabio y humilde. Sea veraz
en la ciencia. Sea ortodoxo en la doctrina. Sea solícito en el trabajo, asiduo
en la oración, eficaz en la misericordia, fijo en la paz, pronto para la limosna
y piadoso con los súbditos(26)».
A cada una de estas peticiones el coro respondía: “Amén”. La gracia divina se
derramaba sobre Isidoro y, siguiendo a Pérez de Urbel:
«Pocas veces había descendido [la gracia divina] con tal
abundancia; pocas veces fueron tan eficaces aquellos ruegos, prescritos por la
antigua liturgia española. En ellos estaba el anuncio y la cifra de una
existencia larga y gloriosa.
Esta ceremonia se celebraba durante la misa. Isidoro comulgó
en ella, y al fin, postrándose en medio del coro, pidió al abad que le
admitiese entre sus monjes. Todavía rezaron sobre él nuevas oraciones y tras
ellas, guiado por el sacerdote y el diácono, se acercó al altar para depositar
sobre él un pergamino, el documento de su profesión, el pacto escrito de su
puño y letra y confirmado con su nombre. Era la promesa de su entrega
irrevocable y absoluta al abad del monasterio, y por medio del abad a Dios».
Un día los sevillanos irrumpieron en la celda de Leandro; le sacaron,
literalmente, en volandas de allí, y no pararon hasta llegar a la basílica de la
Santa Cruz y dejarle sentado en la cátedra sevillana: ahora Leandro era el
Obispo de Sevilla. Corría el año 578.
Isidoro estaba terminando por entonces su formación.
Leandro, aun siendo obispo, daba clase en la escuela monacal y seguía siendo el
abad del monasterio. Pero un hecho inesperado vendría a alterar definitivamente
la rutina de Leandro: el príncipe Hermenegildo había llegado a la Bética con el
título de rey. Era la solución que su padre, Leovigildo, el gran rey hereje,
había hallado para solucionar las discusiones entre su esposa, la vieja y
avinagrada arriana Gosuinda, y la princesa católica franca Ingunda(28)
de Austrasia, esposa de Hermenegildo: discusiones que llegaron a un extremo tal
que la vieja acabó arrojando a Ingunda a la piscina de los arrianos, tras
haberse negado ésta a abjurar del catolicismo. Leovigildo que, en realidad, no
era el tirano que cabría suponer, no vio otra solución que ésta para poner fin
al conflicto. Y mientras el príncipe Hermenegildo marchaba a la Bética,
Leovigildo levantaba en honor a su hijo menor, Recaredo, la ciudad de Recópolis,
cuyas ruinas aún perduran hoy en el término de Zorita de los Canes
(Guadalajara).
Hermenegildo, sin duda influido por la fe de su esposa, comenzó a visitar al
obispo Leandro. Se convirtió al catolicismo y cambió su antiguo nombre godo por
el de Juan. Esto provocó la cólera de Leovigildo y el temor en la corte de
Toledo a un alzamiento armado en la Bética. Las tensiones crecientes entre
arrianos y católicos determinaron que Leandro tuviera que abandonar Sevilla,
embarcándose rumbo a Bizancio, para buscar la mediación del emperador en el
conflicto que se avecinaba. Leovigildo comenzó una furiosa campaña de
persecución religiosa, se rompieron las hostilidades y Leandro, alarmado, tuvo
que volver a Sevilla sin conseguir que Bizancio mediase en la contienda.
En Sevilla estaba su hermano Isidoro, que tenía
entonces veinticinco años, y ya deslumbraba por su sabiduría y virtudes. La
ciudad del Betis estaba asediada por el ejército de Leovigildo, y su caída sólo
era cuestión de tiempo. Curiosamente, Isidoro no simpatizó con la causa de
Hermenegildo, a quien dedicó en su historia unas duras palabras. Finalmente, el
príncipe rebelde cayó en manos de su padre y fue desterrado a Valencia. El
propio Leandro cayó también en manos del vencedor, quien intentó convertirle a
la fe arriana. Leandro se negó y, tras sufrir por un tiempo amenazas y
vejaciones, partiría hacia el destierro en 585.
Con la victoria de Leovigildo pareciera que la fe
arriana se había asegurado la hegemonía en España. Muchos católicos,
descorazonados y necesitados de ánimo acudieron al joven monje Isidoro, cuyas
vigorosas palabras llenas de erudición, comenzaban a destacarle entre los
defensores de la fe católica. Su figura comenzó a ser lo suficientemente
importante como para que los perseguidores se fijasen en él. Según Pérez de
Urbel:
«Es entonces cuando hace sus primeras armas en defensa de la
fe discutiendo con los enemigos y sosteniendo a los amigos. Su celo le delata;
se le busca, se le señala como a hombre peligroso, y llega a sentir accesos de
desmayo. Él mismo nos dice con una sinceridad desconcertante que su hermano le
escribió una carta para convencerle de que no debía temer la muerte. Se trata
evidentemente de una carta que Leandro le escribe desde el destierro para
animarle en la lucha contra el arrianismo».
Para los católicos, con el reinado de Leovigildo parecía que llegaba el fin de
los tiempos: tras aplastar la rebelión de su hijo, puso sus ojos en el católico
reino suevo de Galicia. Derrotó a los suevos, anexionó Galicia al reino
visigodo, y regresó triunfante a Toledo. Parecía que todo se había consumado,
que España sería arriana. Pero Leovigildo, acaso ya enfermo, entró en Toledo
inquieto y lleno de oscuros temores. Su vehemencia y su exceso de celo para con
el arrianismo, en palabras de Modesto Lafuente «actuando más como monarca que
como padre», habían sido la causa de que su hijo Hermenegildo muriese apuñalado(30)
en una prisión de Tarragona; el arriano creía ver los fantasmas de sus víctimas,
y santa Eulalia de Mérida aparecía con el ceño fruncido a su cabecera,
recriminándole: – «Devuélveme a mis siervos, devuélveme a mis siervos».
Hizo saber a los desterrados que podían abandonar sus
lugares de confinamiento y, sintiendo su muerte próxima, llamó a Leandro y a su
hijo Recaredo a su presencia. Miró a su hijo y, señalando a Leandro, le dijo:
–«Ahí tienes a tu consejero». Se cree que incluso él, Leovigildo, el arriano
inflexible que ordenó la muerte de su propio hijo por haberse negado éste a
recibir la comunión de las manos de un obispo de la secta de Arrio, pudo
convertirse al catolicismo antes de morir. San Gregorio de Tours reflexionaría
sobre aquel suceso y, al igual que Isidoro, dedicaría unas duras palabras al
príncipe rebelde: «No sabía el infeliz que esto es lo que le acontece a quien
conspira contra su padre, aunque éste sea un hereje».
A principios de 587, Recaredo se convierte al
catolicismo y con él todos los arrianos del reino, comenzando por los nobles y
terminando por el último de los menestrales, en un proceso gradual (el
arrianismo no desapareció de la noche a la mañana), en el que la conversión del
rey supuso el triunfo de la fe católica. Así, en el tercer concilio de Toledo,
celebrado el 4 de mayo de 589, «los reyes, los obispos, los grandes y el pueblo,
reunidos en una fiesta de fe, dieron gracias a Dios Padre, Hijo y Espíritu
Santo, que se había dignado conceder a su Iglesia la paz y la unión, haciendo de
todos un solo rebaño y un solo pastor, por medio del apostólico Recaredo, que
maravillosamente glorificó a Dios en la tierra(31)».
Isidoro también estuvo presente en el concilio acompañando a su hermano. Siendo
aún un simple sacerdote, su firma no figura en las actas del mismo, pero
recordará este evento, sin duda uno de los días más felices de su vida, más
tarde en su Historia de los Godos, en la que hace una semblanza del nuevo
rey, de la que se desprende la gran simpatía que le inspiraba su soberano:
«Allí estaba el religiosísimo príncipe. Autorizó la
asamblea con la majestad de su presencia, confirmó con su firma las decisiones
de los Padres y abjuró con todos los presentes la perfidia que sus antepasados
habían aprendido de Arrio. [...] [Recaredo] Era afable, dulce y de una bondad
exquisita; tenía tal gracia en el rostro y tal benignidad en el alma, que era
imposible no amarle. [...] Como sabía que el reino le había sido dado para
disfrutar de él saludablemente, repartió sus riquezas con los desgraciados y
guardó sus tesoros en las manos del pobre y, por eso, después de tan buenos
principios, acabó felizmente».
A partir de ese momento Leandro ya no fue solamente el obispo de Sevilla, sino
además el consejero personal del monarca. Su nuevo puesto estaba junto a
Recaredo, y en adelante pasaría más tiempo en la corte toledana que en Sevilla.