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San Isidoro. y II |
Por Luís Morales González |
Obispo hispanovisigodo de
Sevilla (siglo VII).
Su festividad se celebra el 26 de abril.
Es el patrón de la carrera de Filosofía y Letras y, recientemente, de Internet.
Santo titular de la Hermandad
sevillana de
San Isidoro
EL ABAD
Tras la marcha de Leandro había
que elegir un nuevo abad para el monasterio. La elección recayó en Isidoro,
quien ya había cumplido los treinta años, edad requerida para la ordenación
sacerdotal. Con Isidoro el monasterio experimenta una radical transformación.
Pérez de Urbel nos dice que, frente al monasterio de san Frucutoso, típico de la
España visigótica, que más parecía aldea que monasterio, el monasterio
isidoriano recuerda ya en su distribución a las grandes abadías medievales. Era
una época en la que los monasterios eran ricos, pero los monjes eran pobres. Las
tierras, bienes y súbditos del monasterio en absoluto suponían lujos materiales
para la comunidad, y menos hallándose al frente de la misma el abad Isidoro. Los
monjes, además del trabajo manual, debían dedicar un determinado tiempo diario
al estudio, e Isidoro tampoco se olvidaría de sus propias obligaciones como abad
del monasterio. Según Isidoro, un abad debía «en su vida ofrecer a los monjes un
dechado perfecto de la observancia, convencido de que no debe ordenar cosa
alguna que él no haya practicado anteriormente. Su tacto debe ser tal que a cada
uno anime y exhorte según su temperamento y sus necesidades». Las virtudes del
abad no sólo las puso por escrito, sino que las practicó, a imagen de san Pablo,
haciéndose pequeño entre los suyos, a semejanza de la madre que alimenta a sus
hijos. Siglos después, otro gran reformador de la vida monástica, un joven de
Asís llamado Francisco, también haría especial hincapié en la importancia de la
humildad, la pequeñez y la figura materna del superior como rasgos
identificativos del franciscano.
En la época de Isidoro había unos monjes errantes, llamados
circunceliones, que no eran sino falsos monjes del siglo VII, precursores de los
goliardos
de la Baja Edad Media: auténticos vagabundos profesionales quienes, haciéndose
pasar por hombres de Dios, acudían
de un lugar a otro viviendo a expensas de las pobres gentes
quienes, creyéndoles santos, les proveían de cuanto necesitaban, pudiendo así
ellos dedicarse por completo a una vida ociosa y disoluta. De las palabras que
les dedica el santo sevillano, se puede deducir que no gozaban de su simpatía:
«Son hombres que llevan a todas partes la hipocresía venal; hacen de sus
apariencias religiosas un recurso seguro para vivir; pasan de una provincia a
otra y desaparecen cuando alguien podría desenmascararlos; son testarudos cuando
se trata de defender su parecer; inventan largas historias para hacerse
interesantes a sus huéspedes; venden huesos que llaman reliquias de santos;
llevan en sus hábitos accesorios extravagantes para atraer la mirada del vulgo;
no usan el distintivo monacal de la tonsura, sino que se dejan largas cabelleras
y barbas patriarcales para mejor parecerse a los antiguos profetas y a los
filósofos cínicos; si su huésped les dice que tiene algún pariente en tal o en
cual región, afirman al punto que no tardarán en verle, pero que, claro está,
necesitan algunos óbolos para ayuda del largo viaje; es tan elevado su ideal de
la vida monástica que se ven condenados a una continua peregrinación porque no
lo encuentran en ninguna parte; saben muy bien dónde se recibe mejor a los
peregrinos, y allí se presentan con apariencias de viajeros extenuados, hablando
de los santuarios famosos que han recorrido, de las peripecias de su odisea, de
los insultos de los malos, de las brutalidades de los salteadores; y los pobres
monjes, conmovidos por su relato, los reciben como al mismo Cristo, los
agasajan, los veneran y les llenan las alforjas de provisiones. Había otros que,
enemigos por temperamento de las aventuras peligrosas de una vida trashumante,
se reunían en pequeñas comunidades, sin más ley que su capricho y sin la menor
noción de las virtudes monacales. Eran los sarabaítas. Trabajaban afanosamente,
pero no para distribuir el producto entre los pobres, sino para amontonar
dinero. Eran glotones y amigos de los placeres; usaban anchas mangas, cáligas
ampulosas y ostentosos vestidos; se distinguían particularmente por ser
aficionados a murmurar de los clérigos y a visitar a las vírgenes».
Igual de severo se mostraría san
Isidoro con otra clase de monje, los conocidos como “emparedados”, que se
recluían entre cuatro paredes en busca de la soledad para, supuestamente, gozar
así de un mayor recogimiento. De ellos dirá Isidoro: «Son casi siempre monjes
tibios, que no llegaron a la perfección del monasterio; rebeldes al yugo de la
humildad, se desdeñan de obedecer a los mayores, y si buscan el recogimiento es
sólo para que nadie les moleste y así se les crea mansos y humildes».
Isidoro quiso regenerar la vida
monástica, y creó una regla que coexistiría con la de san Benito de Nursia. Este
tipo de monje, que se encierra entre cuatro paredes, estaba prohibido en su
monasterio: «Que nadie se busque una celda aparte con título de reclusión, pues
se entregaría a una ociosidad continua o a un vicio oculto y, en especial, al de
la vanagloria. Muchos se ocultan sólo para ser más conocidos y para que se
ocupen de ellos».
En esta época no faltaban monjes
obsesionados con el ayuno, la vigilia y las penitencias. San Isidoro no
despreciaba estas prácticas, pero tampoco les daba gran importancia. Para él, lo
prioritario del monje sería la lucha contra los siete pecados capitales. El
monje debía vestir pobremente, ser humilde y negarse a sí mismo. El burdo hábito
se cubría en invierno con pieles para protegerse del frío. A la cabeza de todas
las virtudes está la caridad, seguida de la humildad y la obediencia, “sin las
cuales jamás podrá reinar en el hombre la caridad verdadera”.
Toda la comunidad dormía
en la misma sala, sobre esteras de esparto en el suelo y con los hábitos
puestos. El abad dormía en medio de ellos “a fin de dar con su presencia
testimonio de vida santa y un estímulo de disciplina”. Era el primero en
levantarse, despertaba a los demás monjes y encabezaba a la comitiva
cuando se dirigía hacia el coro. Una vez al año, en Pentecostés, se daba la
absolución general, y todos los monjes hacían renovación de sus votos,
declarando no tener conciencia de poseer bien material alguno. Al día siguiente
se conmemoraba a todos los monjes difuntos.
De la caridad de san Isidoro nos
da idea cómo actuaba con los monjes culpables de alguna falta. Semanalmente
convocaba a la comunidad para discutir las faltas cometidas por los hermanos,
recurriendo a la ley de la corrección fraterna. Un monje debía dar a conocer la
falta de otro hermano después de haberle advertido dos veces en privado. El
penitencial isidoriano era muy sencillo, y revela un respeto a la dignidad
humana inusual en su época. Una indulgencia entrañable, sin parangón en ninguna
otra regla, era la siguiente: «Aunque haya alguno que se encuentre encenagado en
el lodo de todos los vicios, no por eso se le ha de arrojar del monasterio; sino
más bien corregirle según la cualidad de su delito, no sea que el que hubiera
podido enmendarse por una larga penitencia, arrojado lejos de la compañía de los
hermanos, perezca entre las garras del demonio».
La austeridad, la continencia y la
morigeración de los sentidos serían de suma importancia para san Isidoro, quien
diría a su hermana: «Si quieres vivir, mortifica los vicios por medio de las
virtudes: por la caridad aplasta al odio; por el gozo mata a la tristeza; por la
paz sofoca a la disensión; por la paciencia combate la impaciencia; por la
bondad destruye la malicia; por la mansedumbre aniquila la violencia; por la
templanza ahoga la incontinencia, y por la castidad da muerte a la lujuria».
La abstinencia es un arma
imprescindible. El cuerpo, aunque lo adornemos, no dejará de ser polvo y barro,
y el mayor enemigo del alma.
Por este motivo, no hay que desdeñar la mortificación de los sentidos, siempre
en su justa medida, siendo especialmente importante la compunción por los
pecados, de la cual diría Isidoro, al dirigirse en capítulo a sus monjes:
«Hagamos todas nuestras obras con
esa compunción santa para que podamos decir con el salmista: Holocaustos con
médula te ofrecemos. Se llama holocausto al sacrificio completo. Ofrece a Dios
el holocausto aquél que se entrega completamente, lo cual se cumple de una
manera especial en el orden de los monjes; la médula del holocausto simboliza la
compunción; y así, cuando hacemos una buena obra, compungidos, ofrecemos el
sacrificio perfecto de que habla el salmista. Grande es esta virtud, a la cual
se alude en una anécdota de las vidas de los Padres. Un converso preguntó a un
anciano: Padre, ¿qué es lo que debemos hacer? “Llorar siempre”, contestó el
viejo. Oíd este otro relato: Sucedió que vino a morir un anciano, pero al poco
tiempo volvió en sí, y entonces nosotros nos agolpamos en torno suyo,
preguntándole: Abad, ¿qué es lo que viste allá? Y él nos decía con voz cortada
por el llanto: Oí un lamento que clamaba sin cesar: “¡Ay de mí!, ¡ay de mí!, ¡ay
de mí!”. Podéis ver por esto cuántas razones tenemos para llorar, no sea que al
salir de esta vida caigamos en el llanto eterno.
Al fin, esta vida es
breve, efímera, miserable y transitoria, mientras que la otra no acabará nunca;
y de la misma manera que los santos se alegrarán eternamente con los ángeles en
el cielo, así los pecadores serán atormentados sin fin con el diablo en el
infierno. Recordad aquella sentencia del bienaventurado Ammón. Acercósele un
hermano diciendo: “Dime alguna cosa verdadera”. Él respondió: “Ve y empapa tu
espíritu en los pensamientos de un criminal que se encuentra en la cárcel: todo
se le vuelve preguntar quién será su juez, cuándo vendrá y con qué pena
castigará sus delitos”. Esta debe ser también la preocupación del monje: pensar
en la muerte, en el tribunal de Cristo, en el gusano que no muere, en el fuego
que no se apaga, y decir con el abad Elías: “Tres cosas son las que yo temo: la
hora en que mi alma saldrá del cuerpo, mi encuentro con Dios y la sentencia que
dicte contra mí”».
EL
OBISPO
El 13 de mayo de 599 Leandro,
siendo ya anciano, moría en olor de santidad y su hermano Isidoro le sucedía al
frente de la diócesis de Sevilla, cargo que no había pretendido ni buscado, pero
que tuvo que aceptar llegado el momento. Cargo que le suponía un sacrificio dado
que, aficionado como era a los libros, éstos debían ahora quedar en un segundo
plano por exigencias de su misión episcopal. Diría Isidoro: «El varón
eclesiástico debe estar crucificado al mundo por la mortificación de la propia
carne, pero si lo dispone la voluntad de Dios, aunque repugne a la suya acepte
con humildad el gobierno del orden eclesiástico. Víctimas son de los engaños de
Satanás aquéllos que, dotados de probidad de vida y de inteligencia, rehúsan
presidir y aprovechar a otros; y cuando se les encomienda el régimen de las
almas, se esconden creyendo más acertado llevar vida cómoda que trabajar en
provecho de los hermanos. El varón santo odia la tiranía de los negocios
seculares, pero si un orden oculto se los impone, inclina su cabeza sollozando».
Y continúa diciendo el santo
sevillano: «El episcopado es nombre de trabajo, no de honor, y por tanto no es
obispo el que lleva el báculo para figurar, y no para ser útil a los demás».
Y de todas las virtudes, la principal es la caridad: «Pero, ante todo, adquiera
el más eminente de todos los dones, la caridad, sin la cual toda virtud es
mentira. La guarda de toda santidad es la caridad; y la humildad es el lugar
donde reside».
Fray Justo Pérez de Urbel nos
retrata al obispo Isidoro ejerciendo su ministerio en aquellos lejanos días.
Isidoro prosiguió ahora desde la cátedra episcopal aquella lucha contra la
ignorancia, que venía sosteniendo hacía más de diez años con la pluma y con la
enseñanza escolar. El deber de la predicación era para él uno de los más
importantes de su nueva dignidad. Nada más necesario para un obispo que el
conocimiento de las Escrituras, sin el cual, por muy santo que sea, no puede ser
útil a los demás. “En cambio, si es erudito en doctrina y en palabra podrá
instruir a unos, ilustrar a otros, y refutar a aquellos que sin su enérgica
corrección serían capaces de emponzoñar los corazones sencillos”. Si al empezar
el siglo VII, cuando la estrella de Gregorio Magno estaba ya a punto de
ocultarse, había en la cristiandad un hombre erudito en doctrina y en palabra,
ese hombre era Isidoro. La más vasta erudición se daba en él junto a la
elocuencia más sugestiva, siempre acomodada a la inteligencia y a la disposición
de los oyentes, “porque hasta el cuervo, cuando ve que sus hijuelos tienen
todavía el color blanco, no les da ningún alimento, y sólo les atiende cuando ve
que empiezan a negrear sus alas y a vestirse de un color semejante al suyo”.
«Los sevillanos acudían en tropel a escuchar aquella
elocuencia que no podían dejar de amar hasta cuando fustigaba sus vicios.
“Nadie se cansaba de escucharle”, nos dice uno de sus oyentes, y añade: “Era
un hombre admirable, tanto por la hermosura de su cuerpo como por el vigor de
su espíritu; había adquirido tal facilidad de palabra y ponía tal hechizo en
cuanto decía, que nadie le escuchaba sin sentirse maravillado”. Otro de los
que tuvieron la dicha de escuchar aquel acento poderoso se expresa en términos
idénticos: “Tenía una extraordinaria facilidad de expresión, que se ponía sin
dificultad al alcance de todos, de los sabios lo mismo que de los ignorantes.
Dotado de una incomparable elocuencia, se hacía entender de la gente más
humilde”. Tenía todo lo que hace al buen orador: la ciencia, la presencia, la
facilidad, la gracia y, sobre todo, la bondad. Una de las cosas que se alaban
en él era la habilidad para presentar una misma idea en todos sus aspectos. El
arte de repetirse, útil siempre en un maestro y en un orador popular, debía
ser particularmente apreciado entre los Padres visigodos. Recordemos el libro
de san Ildefonso “Sobre la Virginidad de María”. En cuanto a Isidoro, había
llegado a dominar su lengua latina decadente hasta el punto de transformar a
su talante el estilo. [...] La abundancia y flexibilidad parecen ser los dos
caracteres de la oratoria de Isidoro que más impresionaron a sus
contemporáneos.
[...] Siguiendo las huellas de los Santos Padres, Isidoro
tomó como principal motivo para sus instrucciones al pueblo sevillano durante
los treinta y tres años de su vida episcopal, el libro de las Sagradas
Escrituras, “el camino por el cual se llega a Cristo, según su propia
expresión, el monte de los pastos espirituales, donde encuentra alimento
exquisito e inagotable todo aquel que se esfuerza por subir a sus cimas
luminosas”».
Isidoro bebe de las fuentes
clásicas; estudia desde Orígenes a san Gregorio Magno, interpreta los posibles
sentidos del texto sagrado. Todos los personajes bíblicos son, a la vez, figuras
históricas y símbolos místicos. Esta idea le llevó a escribir sus “Alegorías de
la Sagrada Escritura”. En el “Liber Numerorum” Isidoro nos habla de
símbolos numéricos; las teorías pitagóricas se mezclan con simbolismos
cristianos. Siguiendo a San Agustín de Hipona, afirma que la sabiduría divina se
descubre en los números impresos en toda cosa, hasta el punto que la ciencia de
los números se convierte en ciencia del universo. Y su obra “Quaestiones in
Vetus Testamentum”, nos da la clave de su sistema exegético: los dos
Testamentos se complementan mutuamente. Entre sus fuentes Isidoro cita a
Orígenes, a san Ambrosio, a san Jerónimo, a san Agustín, a san Fulgencio de
Ruspe, a Casiano y a san Gregorio: “Yo hablo, ellos dicen, mi voz es su lengua”,
declarará, si bien reconoce haber cambiado algunas cosas y haber aportado otras
de su propia cosecha.
«Isidoro
comenzaba por reunir cuantos materiales sobre un determinado tema tenía a su
alcance, sometiéndolos a un doble proceso de concentración, luego los agrupaba
y ordenaba, rellenándolos con elementos nuevos que extraía de lecturas “ad
hoc”, de su propia memoria y con ello elaboraba un compendio claro y conciso,
asequible a la cultura media de los hombres de su tiempo. No difiere mucho,
pues, Isidoro, si volvemos la vista hacia el pasado greco-latino, de la
técnica secular utilizada por los eruditos antiguos. Este método de trabajo es
aplicable también a las “Etimologías”, aunque con algunas variantes que el
mismo Isidoro recuerda en la carta al rey Sisebuto».
Isidoro quería clérigos santos e instruidos. Para lograr
este propósito, la escuela era un elemento indispensable. En ella se recibía a
los niños que serían los futuros clérigos. Los sacerdotes rezaban la siguiente
oración por los nuevos estudiantes: «Señor Jesucristo, tú que abriste la boca de
los mudos e hiciste elocuentes las lenguas de los niños, abre la boca de este tu
siervo para que reciba el don de la sabiduría y aprovechando las enseñanzas que
hoy se le empiezan a comunicar, te alabe por los siglos de los siglos».
El mismo san Isidoro habla en los
siguientes términos del joven estudiante: «Será puro y cristalino en sus
palabras, en los ojos lleno de una graciosa viveza, todo luminoso en el hablar,
mesurado en sus juicios, despierto para escuchar y pronto para responder. El
movimiento de su cuerpo ha de ser grave y equilibrado, no leve, agitado ni
violento; su andar, ajeno a los meneos y actitudes ridículas de los cómicos y
los bufones. No olvide que un vicio largo tiempo tolerado se convierte en una
segunda naturaleza, y que una deformidad natural se reforma con la industria».
Los estudiantes vivían en comunidad,
bajo la tutela del primicerio, un anciano encargado de mantener el orden, algo
parecido a lo que hoy sería un maestro de novicios.
También los clérigos ordenados debían
depender de un obispo, y no andar errantes y vagabundos de un lugar a otro, al
modo de los circunceliones. Isidoro fue un gran legislador y canonista: en sus
cánones resucitaría al Derecho romano, del que era un gran conocedor, en
detrimento del Derecho godo y del bizantino; como obispo de Sevilla a él
apelaban quienes habían acudido previamente a los tribunales civiles, ya que en
esta época el obispo era, además, la cabeza civil de la diócesis. Otra de las
funciones del obispo es la del ejercicio de la caridad para con todos, lo cual
ha sido una constante en la historia de la Iglesia, hecho muy a tener en cuenta
en estos días de calumnias, persecución y descrédito por parte de ciertos grupos
y partidos políticos, que presumen de ser “progresistas” y “tolerantes”: «Con
solicitud entrañable -dice Isidoro en De Officiis Ecclesiasticis-, debe
el obispo tener cuidado de los pobres, alimentar a los hambrientos, vestir al
desnudo, dar posada a los que no la tienen, rescatar a los cautivos, defender a
las viudas y a los huérfanos. Pero sobre todo se le recomienda que reciba a
todos con alegría y cordialidad. Un laico, si recibe a uno o dos, ha cumplido ya
con la ley de la hospitalidad; un obispo, si no recibe a cuantos llaman a sus
puertas, es inhumano».
San Braulio, discípulo y gran amigo suyo, diría de él: «Superó a todos por la
pureza de la doctrina, pero fue aún más glorioso por sus obras de caridad».
Isidoro era un apasionado de la
liturgia, y también la reformó llevándola a su máximo esplendor. Introdujo la
música en las celebraciones, y es posible que sea el verdadero autor de varios
himnos utilizados en la liturgia de rito mozárabe. Años después, en el Concilio
de Toledo, Isidoro unificará las rúbricas del culto para toda España. El uso de
la música, todo hay que decirlo, entrañaba unos riesgos que fácilmente podemos
comprobar cuando celebramos la Eucaristía: el riesgo de los malos músicos, el de
los malos cantantes, e incluso el de ciertas cancioncillas ramplonas hoy en
boga. En este sentido, quiero incluir una cita de Pérez de Urbel con la que
estoy totalmente de acuerdo:
«Amantes del culto sagrado, todos los Padres de
la época visigoda, empezando por san Isidoro, pusieron el mayor empeño en
celebrarlo espléndidamente, juntando la oración con la belleza. Uno de ellos,
satirizando a los malos cantores, decía: “La voz desapacible del hombre se
parece al rebuzno del asno, al gruñido del puerco y al ronco relincho del
mulo... No te canses, por favor, si has de cantar de esta manera. Deja los
labios en paz, no te rompas la garganta ni estropees los pulmones. Es imposible
que agrade a Dios lo que desagrada a los hombres”».
A la muerte de su hermano Leandro,
nuestro santo le sucedería no sólo como Obispo de la Bética, sino también como
consejero del rey Recaredo. El joven rey muere por causas naturales en el
Palacio Real de Toledo en diciembre de 601, cuando contaba tan sólo treinta y
seis años de edad. En 589 se había casado con una noble goda llamada Baddo,
quien le había dado dos hijos: Suintila y Geila. Pero tuvo otro hijo, Liuva,
fruto de su unión con una mujer desconocida, pero no exenta de virtudes según el
propio san Isidoro. Este hijo sería su sucesor, pero su reinado duró poco. Un
oscuro personaje, el conde Witerico, conspiró contra él y le derrocó. Con apenas
veinte años y sin comprender nada, Liuva II fue ejecutado en los primeros días
de agosto de 603 y el infame Witerico ascendió al trono. Este funesto personaje
intentó volver a imponer el arrianismo, gobernó tiránicamente, y en abril de 610
acudió engañado a un supuesto banquete en su honor, donde fue asesinado. Su
cadáver fue arrastrado por las calles de Toledo entre el clamor de la plebe, y
finalmente arrojado a una fosa común.
A Witerico le sucedió Gundemaro,
elegido por consenso de la nobleza católica, fue un rey querido y respetado por
todos. Confirmó Toledo como la capital religiosa del reino, con la celebración
del sínodo de 610 en el que participaron los quince obispos de la provincia
Cartaginense, y al que acudieron como asesores otros notables eclesiásticos
entre los que se encontraba el Obispo de la Bética, Isidoro. Gundemaro murió en
Toledo de muerte natural en 612, siendo muy llorado.
En este mismo año de 612 asciende al
trono de España Sisebuto, de quien ya he hablado antes: el rey teólogo, el
discípulo, el “hijo carísimo” de san Isidoro. Ahora Isidoro, al igual que
sucediera antes con su hermano Leandro, pasaría más tiempo en Toledo que en
Sevilla. El reinado de Sisebuto duraría nueve años. Sisebuto fue un rey sabio,
un precursor de Alfonso X, aficionado a las bellas artes y escritor, autor de
una hagiografía de san Desiderio. Empero, se caracterizó por su intransigencia
hacia los judíos, intransigencia con la que no estaba de acuerdo san Isidoro, al
margen de su trato personal con el monarca, a quien dedicaría su obra De
Rerum Natura. Nuestro santo tuvo que vérselas más de una vez con su antiguo
discípulo: Sisebuto, llevado de su exceso de celo, no sólo fustigaba a los
judíos, sino que también tuvo sus desencuentros con la jerarquía eclesiástica; y
como si de un obispo de obispos se tratara, los quitaba y ponía a su antojo y,
al modo de los emperadores de Bizancio, discutía con ellos de teología. Isidoro
le recordaba, una y otra vez, que «es precepto apostólico el que prohíbe que los
varones seglares sean admitidos en el gobierno de la Iglesia». Y añadirá: «¿Cómo
podrá servir un hombre del siglo para cumplir el oficio episcopal, cuyos deberes
no ha aprendido y cuya disciplina desconoce? ¿Qué podrá enseñar quien nunca se
sentó en los bancos de la escuela? Pero, ¡ay!, muchos fijan sus ojos en gentes
de esta clase para gobernar las diócesis, y no se preocupan de buscar candidatos
que puedan ser útiles a la Iglesia, sino que los que ellos aman o los que les
han ablandado con regalos o tienen el apoyo de personas influyentes. Y no digo
nada de aquellos que dejan la sucesión a sus parientes y quisieran perpetuar el
pontificado en su familia».
Muere Sisebuto en 621 y le sucede su
hijo, quien reinaría con el nombre de Recaredo II. Sólo dos meses duró su
reinado, en el que no aconteció nada digno de ser contado aquí, salvo el hecho
de que murió en extrañas circunstancias.
Le sucedería Suintila, primogénito del
gran rey Recaredo y de la reina Baddo, quien ascendería al trono en marzo de
621. Emprendió sendas campañas militares contra los ruccones, cántabros, y
vascones, a los que derrotó, y expulsó definitivamente a los bizantinos tras
vencerles en una batalla campal. Así, en el año 625, fecha en la que se concreta
la expulsión de los bizantinos, España estaba unificada y en paz. Suintila se
convirtió de este modo en el primer rey godo que gobernaría sobre toda España, y
en este mismo año Isidoro terminó de escribir su crónica. Para Isidoro, Suintila
llegó a ser el prototipo del príncipe cristiano: devoto, valiente, generoso y
tolerante. Y estando España unida y en paz, el carácter de Suintila cambió para
mal. Fue un cambio inexplicable; tal vez sus victorias se le subieron a la
cabeza, o tal vez se vio superado por los acontecimientos. El caso es que, a
partir de la expulsión de los bizantinos, su gran obsesión sería la continuidad
dinástica. Intentó asociar al trono a su hijo Recimero, a su mujer Teodosia y a
su hermano Geila, lo que le supuso la enemistad de la nobleza, que veía peligrar
sus privilegios. Un noble llamado Sisenando fue enviado ante el rey de los
francos, Dagoberto de Neustria, para que les enviase un ejército que derrocara a
Suintila. A cambio le entregaron una bandeja de oro de quinientas libras de
peso, la misma que mucho tiempo atrás regaló el patricio Aecius al rey
Turismundo. Cuando los francos llegaron a España, Suintila, con pocos guerreros
fieles a su causa, se dio cuenta de que su situación era desesperada y abdicó.
Su propio hermano, Geila, le había abandonado y se había pasado al enemigo. El
26 de marzo de 631, los nobles proclamaron rey al duque Sisenando. Suintila aún
vivía en 633, cuando se reúne el IV Concilio de Toledo. En 631, junto a su
empobrecida familia, había ingresado en un monasterio toledano para purgar sus
pecados, donde moriría de muerte natural nueve años después.
Uno tras otro los reyes se sucedían;
Isidoro vería como algunos caían con mayor celeridad que con la que habían
ascendido al trono. El poder pasa, la vida es corta, frágil y efímera; pronto
llega el fin de todo poder, gloria y envanecimiento terrenales. Una homilía
atribuida a nuestro santo dice así: «Son muchos aquellos que engañados por el
enemigo dicen en su interior: Soy joven todavía, es la edad de gozar del mundo;
cuando llegue a la vejez entonces haré penitencia. ¡Pobre de ti si piensas de
esta manera, pues ni un solo día, ni una hora de tu vida tienes en tu poder!
Hermanos, no os dejéis engañar por esta seguridad malsana. Decidme, ¿qué se hizo
de los reyes y de los ricos de este mundo? ¿Dónde están sus riquezas y sus
alhajas? Pasaron como la sombra, se desvanecieron como un sueño; el oro y la
plata y todos sus ornamentos se quedaron en este mundo, mientras ellos son
atormentados en el infierno, donde ni mueren sus gusanos ni sus llamas se
extinguen, ni hay otra cosa sino fuego, llanto y gemido.
«Oh, hermanos, escuchad lo que dice el
salmista: No son los muertos los que te alabarán, Señor, ni aquéllos que bajan
al infierno. ¿Cómo podrán, hermanos míos, nombrar a Dios los que siempre están
en las tinieblas, en el lugar de las sombras, clamando sin cesar: ¡Ay, qué lugar
tan tenebroso, qué fosa tan hedionda, qué oscura caverna, qué amarga ciudad, qué
miserable vida y qué mansión tan horrible!? ¡Desgraciados! ¡De tan corta vida,
tan larga muerte; de tan fugaz consuelo, tan larga cautividad; de alegría tan
pasajera, tristeza tan duradera; de tan breve ganancia, tan grande daño; de tan
pequeña gloria, tan largos dolores; de tan mezquino placer, tan amargas
lágrimas, tan dolorosos suspiros, gemidos tan profundos y tan grande ira! Allí
ni ayuda el padre al hijo ni el hijo al padre; allí no hay amigo que salga en
defensa del amigo, ni hermano que socorra al hermano. ¡Ay, dura mansión, llama
implacable y tormento sin medida! Y el alma pecadora hablará con el instrumento
de sus iniquidades y le dirá: ¡Oh cuerpo miserable! ¡cuántos males hiciste
conmigo! Tu afán era comer, beber, revolcarte en el cieno de la lujuria,
asesinar, cometer adulterios, fornicar, robar, mentir, decir falsos testimonios
y perpetrar las obras del diablo. Después de todo esto, terminaste sin hacer
penitencia, y he aquí que yaces ahora en el lodo, y yo soy atormentada en el
infierno. Pero vendrá el día del juicio y volveré a ti y te levantaré de nuevo
para recibir el castigo de tus crímenes, en compañía del diablo, autor de la
muerte».
El IV Concilio de Toledo
Tras el golpe de Sisenando se tardó
casi dos años en organizar y en convocar el IV Concilio de Toledo. Sería este
concilio la culminación de la obra isidoriana. Bajo la dirección de san Isidoro,
el 5 de diciembre de 633 sesenta y ocho obispos de toda España se reunieron en
la basílica de Santa Leocadia de Toledo para consensuar las nuevas normas que
regularían, en lo sucesivo, la elección monárquica. Las sesiones se
desarrollaron en un invierno gélido (en aquella época Europa se vio afectada por
una pequeña glaciación), si bien el ambiente en las mismas era más bien
caldeado, por mor de las discusiones políticas y eclesiásticas. El cónclave
afirmó las posiciones de la nobleza y del clero frente al monarca, cuya elección
quedaría, en adelante, en manos de nobles y obispos. La España visigoda nunca
fue un estado teocrático, pero a partir del IV Concilio de Toledo, el rey
quedaba vinculado por las medidas que se promulgaran en los concilios. Sisenando
salió ratificado de este concilio, y en el mismo se instituyó la unción real
para evidenciar el origen sagrado de la realeza. Asimismo se adoptaron medidas
para fortalecer la debilitada monarquía. La más importante fue la que prohibía
cualquier alzamiento o conjura contra los monarcas elegidos por los concilios.
Clausurado el cónclave, Sisenando reinó en paz hasta el 12 de marzo de 636, año
en el que falleció en Toledo por causas naturales.
En Navidad de 633 Isidoro ya estaba de
vuelta en Sevilla, ultimando la última obra de su vida, Las Sinonimias,
subtitulada Lamento del alma pecadora. Su hermana Florentina había
fallecido en 631, y hacía años que también había muerto Fulgencio, siendo obispo
de Écija.

Concilio Toledano, códice Albeldense, Monasterio de El Escorial
EL SANTO
El 4 de abril de 636 el tañido las
campanas de la iglesia de la Santa Cruz de Jerusalén anunciaba a los sevillanos
que la antorcha que alumbró a la Cristiandad del siglo VII se había apagado. A
finales de 635, Isidoro supo, “no sé de qué manera”, según uno de sus
discípulos, que se acercaba su fin. Entonces multiplicó sus limosnas y su
alegría no estaba ya entre los libros, sino entre los indigentes. Redento nos
narra que los mendigos acudían a su casa desde la salida del sol hasta el toque
de vísperas. Un Isidoro demacrado y debilitado por las fiebres empeñaba sus
últimas fuerzas en socorrer a los más desfavorecidos. El 12 de marzo, como dije,
Sisenando moría, y el anciano y enfermo obispo lloró la muerte del príncipe.
El 31 de marzo se sintió con más
fuerzas y decidió acudir a la basílica de San Vicente, para postrarse por última
vez delante de las reliquias del santo y para recibir el sacramento de la
penitencia. Le acompañaban sus dos sufragáneos, Eparquio de Itálica y Juan de
Niebla, quienes tenían que sujetarle, dada su extrema debilidad. Una multitud
les acompañaba por las calles de Sevilla, dando tales muestras de dolor que
“aunque uno hubiera tenido el corazón de hierro, habría estallado en lágrimas y
lamentos”. Llegaron a la basílica y, tras haber confesado y comulgado con
devoción, fijó sus ojos arrasados en lágrimas en la multitud que le acompañaba,
y dijo: «Os ruego a todos vosotros, santísimos sacerdotes, miembros del clero, y
congregación del pueblo, que roguéis al Señor por mí, pues estoy lleno de toda
mancha de pecado... Perdonadme todas las ofensas que he cometido con vosotros:
tal vez a uno le rechacé con odio, tal vez a otro le excluí despiadadamente del
consorcio de la caridad, o le di un mal consejo, o le traté con ira y con
desprecio. Perdonadme vosotros antes de que vaya a rendir cuentas ante el
tribunal de Dios». Conmovida, la multitud clamaba: ¡indulgencia!, ¡indulgencia!
Isidoro mandó que allí mismo se rompiesen todos los recibos, que se perdonasen
todas las deudas, y que se entregara a los pobres todas las rentas de la casa
episcopal. Finalmente, dirigió a la concurrencia estas palabras: «Os ruego que
guardéis la caridad entre vosotros; no volváis mal por mal; no sembréis la
cizaña en el pueblo. Que el antiguo enemigo no encuentre en vosotros la menor
cosa que castigar; que el lobo no arrebate a ninguno de entre vosotros y que la
oveja errante vuelva al redil en hombros del pastor». El acto había concluido,
pero no quiso el moribundo abandonar la basílica sin antes recibir el ósculo
de los allí presentes. Todos los asistentes comenzaron a desfilar ante Isidoro.
“Perdonadme –les decía- y Dios os perdonará. Que este abrazo entre nosotros
permanezca como testimonio de la vida futura”. “¿Quién no creerá –exclamaba un
testigo- que libre de toda mancha fue a juntarse inmediatamente con la sociedad
de los ángeles?”
Concluido el desfile, Isidoro retornó a su espartana celda, donde vivía tan
humildemente como cualquier jornalero de Sevilla, y allí exhaló su último
aliento.
Todo se había consumado. Y mientras en
la tierra quedaban el luto y el llanto, el cielo estallaba de júbilo. Los
hermanos volvían a encontrarse; la familia que hacía ya tantos años abandonara
Cartagena, había llegado al final de su peregrinación: por fin estaban en casa,
en la Jerusalén Celeste, desde donde siguen intercediendo por nosotros.
Las exequias tuvieron lugar en la
basílica de la Santa Cruz, y desde allí fueron a la iglesia de San Vicente,
donde Isidoro fue sepultado en la misma tumba en la que ya descansaban sus
hermanos Leandro y Florentina. Un artista anónimo pintó los retratos de los tres
hermanos sobre el sepulcro, y sobre la losa se grabaron estos versos, atribuidos
a san Ildefonso:
Crux haec alma gerit sanctorum corpora fratrum
Leandri Isidorique, priorum ex ordine vatum:
Tertia Florentina soror, Deo vota perennis,
Et posita concors sic Christo digna quiescit.
Isidorus in medio disjungit membra duorum,
Hi quales fuerint, libris inquiritio, lector,
Et cognosces eos bene cuncta fuisse locutos.
Dogmatibus sanctorum cerne crevisse fideles,
Ac de Domino, quos impia jura tenebant.
Utque viros credas sublimes vivere semper,
Aspiciens sursum pictos contende videre.
(Esta cruz señala los cuerpos de los santos
hermanos
Leandro e Isidoro, gloriosos en el orden
episcopal.
La tercera es Florentina, su hermana consagrada a
Dios para siempre,
y así puesta con ellos descansa, digna de Cristo.
Isidoro es el del medio.
Quiénes fueron éstos, búscalo, lector, en sus
libros.
Y verás que en todo hablaron bien.
Con la doctrina de estos santos creció el número
de fieles,
y volvieron al Señor los que estaban en la
impiedad.
Para que creas que estos varones sublimes vivirán
para siempre,
mira sus imágenes pintadas arriba).
En 1063 llegaron a Sevilla los santos
obispos Alvito de León y Ordoño de Astorga. Su misión era recuperar las
reliquias de las mártires Justa y Rufina, y volver con ellas a tierras de
cristianos. Fueron recibidos cortésmente por el rey Abbed Motadid, más conocido
como Al-Mutadid, quien les dio toda clase de facilidades, pero los cuerpos no
aparecieron. Don Alvito estaba desolado. Ultimó los preparativos para el viaje
de vuelta, y se retiró a descansar. Y he aquí que esa noche se le apareció un
varón de augusta presencia, blancos el cabello y la barba, y engalanado con las
ínfulas pontificias, la mitra y el báculo. “Yo soy –le dijo- el doctor de las
Españas y obispo de esta ciudad, Isidoro”.
En una segunda aparición, indicó al
impresionado don Alvito el lugar en el que se hallaba sepultado, dando tres
golpes con el regatón del báculo, y diciendo con voz solemne: “¡Hic, hic, hic,
corpus meum invenies!” (¡Aquí, aquí, aquí, mi cuerpo hallarás!).
Sevillanos y leoneses se pusieron a
buscar y encontraron las reliquias corporales de san Isidoro. Abierto el
monumento, “emanó tan maravillosa fragancia que trascendía a los cabellos de
todos los presentes, como vapor y nectáreo rocío de bálsamo, pues el
bienaventurado cuerpo estaba encerrado dentro de un estuche, hecho de madera de
enebro”. El rey moro, quien acaso nunca antes había oído hablar del obispo
visigodo, se sorprendió cuando le dijeron que se llevaban “al hombre que había
ilustrado toda España con su obra y con su palabra”. Con cierta marrullería y
bastante habilidad diplomática, respondió: “Y si os concedo a Isidoro, ¿con qué
me quedaré aquí?”. Pero había que complacer a los leoneses y, ante todo,
cuidarse de no provocar la ira del rey Fernando el Magno, cuyos ejércitos eran
temibles. El santo cuerpo fue colocado en unas andas tiradas por dos mulas.
Al-Mutadid estuvo presente en el acto y, escéptico y ambicioso como era, cubrió
el ataúd de enebro con una rica tela de maravilloso brocado, exclamando con
hondos suspiros: “¡Ay! ¡Te vas de aquí, Isidoro venerado, aunque bien sabes cuán
mía es tu gloria!”.
En el transcurso del viaje de vuelta
murió don Alvito, y el 23 de diciembre de aquel mismo año llegaron a León, donde
un magnífico cortejo encabezado por el rey Fernando, los condes, obispos y otros
altos dignatarios del reino, salió al encuentro de las sagradas reliquias, que
fueron depositadas en una nueva basílica que se acababa de construir, y que
desde entonces se llamaría basílica de San Isidoro, uno de los más bellos
monumentos del románico.

Ahora, desde la distancia de trece siglos largos,
podemos advertir, dentro de la enorme capacidad intelectual de Isidoro de
Sevilla un espíritu de intuiciones geniales nacidas de un cerebro que sólo se
dejó ganar por la afectividad de su corazón siempre abierto a las efusiones
vehementes que por un lado lo elevaron a Dios y por otro lo dignificaron entre
los seres a los que tanto quiso –Leandro, Fulgencio y Florentina, sus hermanos;
Masona, Eladio, Braulio de Zaragoza, todos sus discípulos, sus monjes- y de los
que recibió multiplicadas muestras de cariño. En el reparto de sus amores no
debemos olvidar la porción que le tocó a la tierra que le vio nacer. Su
De Laude Spaniae, que aparece como
introducción a la Historia Gothorum, y a la que ya cité antes, es un
canto clásico de acento conmovedor: «Con razón puso los ojos en ti Roma, la
cabeza del orbe; y aunque el valor romano, vencedor, se desposó contigo, al fin,
el floreciente pueblo de los godos, después de haber alcanzado muchos trofeos,
te arrebató y te amó, y goza de ti, lleno de felicidad, entre las regias ínsulas
y en medio de abundantes riquezas».
Isidoro de Sevilla dejó en sus obras todas las
modulaciones del acento humano. El punto de apoyo de su vida de estudioso, de
gobernante eclesiástico, de maestro y de contemplativo estuvo situado en un
plano intemporal, y sólo partiendo de él pudo entender la armonía teocéntrica de
este mundo que le pareció hermoso, pero no absoluto. Por eso fue capaz de
escribir en los Soliloquios pensamientos que recordaban, frente a otra
gloria más alta, la caducidad de la gloria terrena, tal como habían sido
expuestos antes, y lo serían después, por los grandes pensadores de la
humanidad: todo se fue volando como las palabras, todo desapareció como un
sueño. Así estaba escrito en el Eclesiastés y así lo escribió
Isidoro; de la misma forma se expresarían más tarde Jorge Manrique, fray Luis de
León y Andrés Fernández de Andrada en su inolvidable Epístola moral a Fabio.
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Pablo, o Paulus, significa
“pequeño”.
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Monjes y clérigos errantes
quienes, siguiendo el ejemplo de un tal Golías, se relajaron en la disciplina y
se dedicaron a llevar una vida errante y juglaresca, cantando los placeres de la
vida. Otros opinan que el término “goliardo” proviene de “gula”.
-
San
Isidoro de Sevilla. De officiis ecclesiasticis, lib. 2, cap. XVI.
-
San
Isidoro de Sevilla. Regula, cap. XIX.
-
San
Isidoro de Sevilla. Regula, cap. XV.
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-
San Isidoro de Sevilla.
Admonitio ad Florentinam Sororem,
cap. IX.
-
San Isidoro de Sevilla. Sententiarum, lib. 3, cap. XXXIII.
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San Isidoro de Sevilla. De Eccles. Officiis, lib. 2, cap. V.
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San Isidoro de Sevilla. De Eccles. Officiis, lib. 2, cap. V.
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San Isidoro de Sevilla. De Eccles.
Officiis,
lib. 2, cap. V; Sententiarum, lib. 3, cap. XLIII.
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Aguilar. s. d.
–. VIDAL, César. España Frente al Islam -De Mahoma a Ben Laden-. Madrid.
La Esfera de los Libros. Cuarta edición. 2004.
Luis Morales González
©
Luís Morales González. 28-VIII-2010
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