Su festividad se celebra el 27
de diciembre
Es patrón de los teólogos y de los escritores. En Sevilla se le considera el
patrón de la juventud, por eso en muchas de las insignias banderines de la
juventud suele haber una cruz de san Juan.

San Juan el Evangelista, a quien se
distingue como “el discípulo amado de Jesús” y a quien a menudo llaman “el
divino” (es decir, el “teólogo”) sobre todo entre los griegos y en Inglaterra,
era un judío de Galilea, hijo de Zebedeo y hermano de Santiago el Mayor, con
quien desempeñaba el oficio de pescador.
Junto con su hermano Santiago y su padre Zebedeo, se
hallaba Juan, remendando las redes en la barca, a la orilla del lago de Galilea,
cuando Jesús, que acababa de llamar a Pedro y a Andrés, los llamó también a
ellos para que fuesen sus apóstoles. El propio Jesucristo les puso a Juan y a
Santiago el sobrenombre de Boanerges, es decir, “hijos del trueno”, posiblemente
a causa de la vehemencia de su temperamento. En este sentido, es conocido el
pasaje de Lc 9 54: «Al ver esto, los discípulos Santiago y Juan dijeron: –Señor,
¿quieres que mandemos que baje fuego del cielo y los consuma?».
Se dice que san Juan era el más joven de los Doce y que
sobrevivió a todos los demás. Es el único de los apóstoles que no murió
martirizado.
Conocido como “el discípulo a quien Jesús amaba”, es
evidente que era uno de los más íntimos de Jesús. El Señor quiso que estuviese,
junto con Pedro y Santiago, en el momento de su transfiguración (Mt 17 1-3), así
como durante su agonía en el Huerto de los Olivos (Mt 26 36-38). En muchas otras
ocasiones, Jesús demostró hacia Juan una predilección o un afecto especial; por
consiguiente no es de extrañar, desde un punto de vista humano, que la esposa de
Zebedeo pidiese al Señor que sus dos hijos llegasen a sentarse junto a él, uno a
la derecha y el otro a la izquierda, en su Reino. Es conocida la respuesta de
Jesús (Mt 20 20-23):
«Entonces, la madre de los Zebedeos se acercó a Jesús con sus
hijos y se arrodilló para pedirle un favor.
Él le preguntó:
-¿Qué quieres?
Ella contestó:
-Manda que estos dos hijos míos se sienten uno a tu derecha y otro a tu
izquierda cuando tú reines.
Jesús respondió:
-No sabéis lo que pedís. ¿Podéis beber la copa de amargura que yo he de beber?
Ellos dijeron:
-Sí, podemos.
Jesús les respondió:
-Beberéis mi copa, pero sentarse a mi derecha o a mi izquierda no me toca a mí
concederlo, sino que es para quienes lo ha reservado mi Padre».
Juan fue el elegido para acompañar a Pedro a la ciudad a fin de preparar el
banquete de la última cena (Lc 22 7-9) y, en el curso de aquella última cena,
Juan reclinó su cabeza sobre el pecho de Jesús, y fue a Juan a quien el Maestro
indicó, habiendo Pedro preguntado, el nombre del discípulo que habría de
traicionarle (Jn 13 23-27). Es creencia general la de que era Juan aquel “otro
discípulo” conocido del sumo sacerdote que entró con Jesús ante el tribunal de
Caifás, mientras Pedro se quedaba afuera (Jn 18 15-16). Juan fue el único de los
Apóstoles que estuvo al pie de la cruz con la Virgen María y las otras piadosas
mujeres y fue él quien recibió el sublime encargo de tomar bajo su cuidado a la
Madre del Redentor. “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, dijo Jesús a su Madre desde
la cruz. “Ahí tienes a tu madre”, le dijo a Juan (Jn 19 26-27). Este es el
momento supremo conocido como la “Tercera Palabra”, en el que Cristo confía a
Juan el cuidado de su Madre y, desde aquel momento, el discípulo amado tomó como
suya a la Madre de nuestro Redentor. El Señor nos llamó a todos hermanos y nos
encomendó el amoroso cuidado de su propia Madre, pero entre todos los hijos
adoptivos de la Virgen María, san Juan fue el primero. Tan sólo a él le fue dado
el privilegio de llevar físicamente a María a su propia casa como una verdadera
madre y honrarla, servirla y cuidarla en persona.
Cuando María Magdalena trajo la noticia de que el
sepulcro de Cristo se hallaba abierto y vacío, Pedro y Juan acudieron
inmediatamente y Juan, que era el más joven y el más veloz, llegó primero. Sin
embargo, esperó a que llegase Pedro y los dos juntos se acercaron al sepulcro y
los dos “vieron y creyeron” que Jesús había resucitado (Jn 20 1-9).
A los pocos días, Jesús se les apareció por tercera
vez, a orillas del lago de Galilea, y vino a su encuentro caminando por la playa
(Jn 21 4-19). Fue entonces cuando interrogó a Pedro sobre la sinceridad de su
amor, le puso al frente de su Iglesia y le vaticinó el martirio. Pedro, al caer
en la cuenta de que Juan se hallaba detrás de él, preguntó a su Maestro qué
sería de su compañero: «Señor, y éste, ¿qué?» (Jn 21 21) Jesús le respondió: «Si
quiero que permanezca hasta que yo venga, ¿a ti qué? Tú sígueme» (Jn 21 22).
Debido a aquella respuesta, no es de extrañar que entre los hermanos se
rumorease que Juan no iba a morir, un rumor que el mismo Juan desmentiría al
indicar que el Señor nunca dijo “no morirá” (Jn 21 23).
Después de la Ascensión de Jesucristo, Pedro y Juan
subían juntos al templo a la hora de la oración y, antes de entrar, curaron
milagrosamente a un hombre paralítico. Los dos fueron hechos prisioneros, pues
molestaba la doctrina que enseñaban al pueblo y el anuncio de que la
resurrección de los muertos se había realizado ya en Jesús, pero se les dejó en
libertad con la orden de que se abstuviesen terminantemente de hablar y enseñar
en el nombre de Jesús, a lo que Pedro y Juan respondieron: «–¿Os parece justo
delante de Dios que os obedezcamos a vosotros antes que a él? Por nuestra parte,
no podemos dejar de proclamar lo que hemos visto y oído» (Hechos 4 19-20).
Después, los Apóstoles fueron enviados a confirmar a
los fieles que el diácono Felipe había convertido en Samaría. Cuando san Pablo
fue a Jerusalén tras de su conversión se dirigió a aquellos que “parecían ser
los pilares” de la Iglesia, es decir a Santiago, Pedro y Juan, quienes
confirmaron su misión entre los gentiles y fue por entonces cuando san Juan
asistió al primer Concilio de Apóstoles en Jerusalén. Tal vez concluido éste,
Juan partió de Palestina para viajar al Asia Menor.
San Ireneo de Lyon , Padre de la Iglesia, quien fuera discípulo de san Policarpo
de Esmirna, el cual a su vez fue discípulo de san Juan, es una fuente fiable de
información sobre el apóstol. San Ireneo afirma que éste se estableció en Éfeso
después del martirio de san Pedro y san Pablo, pero es imposible determinar la
época precisa. De acuerdo con la tradición, durante el reinado de Tito Flavio
Domiciano, Juan fue llevado a Roma, donde quedó milagrosamente frustrado un
intento para quitarle la vida (se cuenta que el emperador quiso matarlo
introduciéndolo en una olla de aceite hirviendo, saliendo el apóstol
milagrosamente rejuvenecido y más sano de lo que entró). La misma tradición
afirma que posteriormente fue desterrado a la isla de Patmos, donde recibió las
revelaciones celestiales que escribió en su libro del Apocalipsis.
Después de la muerte de Domiciano, en el año 96, Juan
pudo regresar a Éfeso, y se cree que fue entonces cuando escribió, su Evangelio.
Él mismo nos revela el objetivo que tenía presente al escribirlo. «Todas estas
cosas las escribo para que podáis creer que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios,
y para que, al creer, tengáis la vida en su nombre».
Los más antiguos escritores hablan de la decidida
oposición de san Juan a las herejías de los ebionitas (literalmente: “pobres”) y
a los seguidores del gnóstico Cerinto, quien lideraba a los llamados
“cerintianos”, una rama de los ebionitas próxima al gnosticismo. En cierta
ocasión, según Ireneo, cuando Juan iba a los baños públicos, se enteró de que
Cerinto estaba en ellos y entonces se volvió y comentó con algunos amigos que le
acompañaban: «¡Vámonos hermanos, y a toda prisa, no sea que los baños en donde
está Cerinto, el enemigo de la verdad, caigan sobre su cabeza y nos aplasten!».
Dice san Ireneo que fue informado de este incidente por el propio san Policarpo,
el discípulo personal de san Juan.
Por su parte, Clemente Alejandrino relata que, en
cierta ciudad cuyo nombre omite, Juan vio a un apuesto joven en la congregación
y, con el íntimo sentimiento de que mucho de bueno podría sacarse de él, lo
llevó a presentar al obispo a quien él mismo había consagrado, diciéndole: «En
presencia de Cristo, y ante esta congregación, recomiendo este joven a tus
cuidados». De acuerdo con las recomendaciones de san Juan, el joven se hospedó
en la casa del obispo, quien le dio instrucciones, lo mantuvo dentro de la
disciplina, y a la larga lo bautizó y lo confirmó. Pero desde entonces, las
atenciones del obispo se enfriaron, el neófito frecuentó las malas compañías y
acabó por convertirse en un asaltante de caminos. Transcurrió algún tiempo, y
san Juan volvió a aquella ciudad y pidió al obispo: «Devuélveme ahora el cargo
que Jesucristo y yo encomendamos a tus cuidados en presencia de tu iglesia». El
obispo se sorprendió creyendo que se trataba de algún dinero que se le había
confiado, pero Juan explicó que se refería al joven que le había presentado y
entonces el obispo exclamó: «–¡Pobre joven! Ha muerto». «–¿De qué murió?»
-preguntó Juan- «–Ha muerto para Dios, puesto que es un ladrón», fue la
respuesta. Al oír estas palabras, el anciano apóstol pidió un caballo y un guía
para dirigirse hacia las montañas, donde los asaltantes de caminos tenían su
guarida, en un monte tenebroso. Nos podemos imaginar a Juan, viejo y desarmado,
internándose por estrechos desfiladeros hacia la boca del lobo. Tan pronto como
se adentró por los tortuosos senderos de los montes, los ladrones le rodearon y
le apresaron. «–¡Para esto he venido!», -gritó Juan- «–¡Llevadme con vosotros!».
Al llegar a la guarida, el joven renegado reconoció al prisionero y trató de
huir, lleno de vergüenza, pero Juan le gritó para detenerle: «–¡Muchacho! ¿Por
qué huyes de mí, tu padre, viejo y sin armas? Siempre hay tiempo para el
arrepentimiento. Yo responderé por ti ante mi Señor Jesucristo, y estoy
dispuesto a dar la vida por tu salvación. Es Cristo quien me envía». El joven
escuchó estas palabras inmóvil en su sitio; luego bajó la cabeza y, de pronto,
se echó a llorar y se acercó a san Juan para implorarle, según dice Clemente
Alejandrino, una segunda oportunidad. Por su parte, el apóstol no quiso
abandonar la guarida de los ladrones hasta que el pecador quedó reconciliado con
la Iglesia.
Aquella caridad que inflamaba su alma, deseaba
infundirla en los otros de una manera constante y afectuosa. Dice san Jerónimo
en sus escritos que, cuando san Juan era ya muy anciano y estaba tan debilitado
que no podía predicar al pueblo, se hacía llevar en una silla a las asambleas de
los fieles de Éfeso y siempre les decía estas mismas palabras: «Hijos míos,
amaos los unos a los otros...». Alguna vez le preguntaron por qué repetía
siempre esta frase, respondiendo Juan: «Porque ese es el mandamiento del Señor y
si lo cumplís ya habréis hecho bastante».
San Juan murió pacíficamente en Éfeso hacia el tercer
año del reinado de Trajano, es decir hacia el año cien de la era cristiana, a la
edad de noventa y cuatro años, de acuerdo con san Epifanio.
AUTOR DEL EVANGELIO
Los atributos de san Juan son un águila , por la elevada visión mística de su
obra y un libro, porque sus páginas están llenas del Espíritu Santo.
Además de ser el autor del cuarto evangelio, también
escribió el Apocalipsis y las tres cartas que llevan su nombre en el Nuevo
Testamento.
El evangelio de Juan es distinto al resto de los
evangelios. Su visión de Jesús, su lenguaje misterioso, el enfoque de la obra;
todo hace de él un evangelio singular. Se ha dicho de él que es un evangelio
espiritual, y ciertamente lo es. Pero, al mismo tiempo, es el evangelio que
más insiste en la encarnación de Jesús y en los detalles más humanos de su
vida. Ambos aspectos confluyen y aportan nueva luz para contemplar el misterio
de Jesús en sus aspectos más profundos (su existencia junto a Dios y su
igualdad con él) y en sus consecuencias más concretas (su venida entre
nosotros). Divinidad y encarnación aparecen así como dos caras de un mismo
misterio, que el prólogo del evangelio expresa magníficamente cuando dice: La
Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros.
Desde el punto de vista de la crítica externa, de la
información histórica, a partir de Ireneo (a finales del siglo II) se va
imponiendo la autoría joánica del evangelio de san Juan. Es así Juan, el hijo
de Zebedeo y hermano de Santiago, el más firme candidato a la autoría de Jn.
No puede negarse, sin embargo, que los argumentos están
lejos de ser claros y definitivos. Desde el punto de vista de la crítica
interna, de los datos que proporciona el evangelio de Juan, la cuestión está
más definida: nadie niega que Jn se presenta como obra anónima. Y aunque el
autor más probable es Juan, el hijo de Zebedeo, este dato no pasa de ser una
conclusión probable.
El evangelio según san Juan es el que cuenta con un
vocabulario más corto y con una mayor unidad en su utilización: es una obra
madurada realizada con lenguaje sencillo. Parece que se realizó en sucesivas
etapas a partir de un núcleo fundamental. Existe una profunda integración
entre lo que se llama el Relato de la Pasión y el resto del evangelio,
constituyendo la muerte de Jesús su eje vertebrador más hondo. La muerte de
Jesús es su victoria sobre el príncipe de este mundo, es su exaltación y el
medio por el que se da a conocer su auténtica realidad de Hijo, que vuelve a
su Padre. Jesús revela a su Padre, que es su origen y su destino. El Espíritu
Santo es quien suscita en el hombre la fe en Jesús, dando testimonio de Jesús
y conduciendo al hombre a la verdad plena.
La tensión con el judaísmo sugiere que pudo ser escrito
en algún lugar de Palestina (¿tal vez al noreste?), en el que los judíos
tenían gran influencia. La fecha de composición suele fijarse en los últimos
años del siglo I d. C.
La comunidad joánica
Los cristianos a los que se dirige
Juan vivían una situación difícil y compleja. La propia historia de la comunidad
había pasado por diversas etapas en las que distintos grupos y tendencias habían
suscitado polémicas internas, que originaron tensiones y divisiones. Había
discípulos de Juan Bautista, a los que el evangelista tiene que explicar la
superioridad de Jesús sobre Juan (Jn 1 19-34). Otros no podían aceptar que Jesús
fuera el Hijo de Dios (Jn 10 33-38), y mucho menos que Dios se hubiera hecho
hombre (2 Jn 7), o que hubiera muerto en la cruz (1 Jn 5 6).
A estas polémicas internas se añadía la tensión que
supone vivir en un ambiente de rechazo y persecución. Sus perseguidores son “los
judíos”, que aparecen en casi todas las páginas del evangelio como antagonistas
de Jesús. Estos judíos no son ya los maestros de la ley y los fariseos del
tiempo de Jesús, sino aquellos que después del año 70 d. C. habían impuesto la
tradición farisaica como la única ortodoxa, rechazando la interpretación de la
ley de los demás grupos judíos. Los cristianos eran, desde su punto de vista,
uno de esos grupos. Pronto decidieron expulsarlos de la Sinagoga (Jn 9 22; 12
42; 16 2), entablando con ellos una dura polémica sobre la divinidad de Jesús. Y
esta expulsión de la Sinagoga no era sólo un hecho religioso, sino que llevaba
consigo la marginación social allí donde los judíos tenían una cierta
preponderancia.
Ante esta situación los cristianos de la comunidad
joánica estaban atemorizados. Algunos tenían miedo de aparecer como discípulos
de Jesús (Jn 19 38), y otros habían abandonado la comunidad (Jn 6 66). La
principal tentación de los que aún quedaban era alejarse del mundo y encerrarse
en el cenáculo (Jn 20 19); recluirse en el círculo en el que se encontraban
protegidos.
En efecto, el evangelio y las cartas de Juan reflejan
una comunidad que ha cerrado filas en torno a un misterioso personaje al que
ellos llaman “el discípulo amado”. El evangelio lo presenta como el discípulo
más cercano a Jesús (Jn 13 23), con una autoridad incluso mayor a la de Pedro.
Esta comunidad tuvo también dificultades para integrarse dentro de la gran
Iglesia, por sus diferentes perspectivas teológicas.
No tenemos, fuera de Jn, ningún dato externo que nos
informe lo más mínimo acerca de este grupo cristiano. Por eso lo que vamos a
decir sobre esta comunidad tiene un carácter general e hipotético:
-Es una comunidad que crece y profundiza su identidad.
-Una comunidad judeocristiana, al menos nuclearmente.
-La comunidad joánica vive, o ha vivido, un momento fundamental de su
existencia en dura polémica con la Sinagoga.
-Un aspecto fundamental de la comunidad joánica es su apertura a otros
grupos del judaísmo (samaritanos, Qumrán).
-Todo esto se concreta en la historia de la comunidad. Con todo, es muy
difícil saber cuáles fueron los pasos más importantes de esta comunidad.
-Finalmente, hay que decir que la centralidad de Jesús parece responder al
tipo de experiencia cristiana de la comunidad más que a esquemas culturales
o a la fuerza de la misma tradición.
Marco cultural del evangelio
Es una cuestión claramente abierta.
Las respuestas han sido múltiples. Las más importantes hablan de la relación con
los textos rabínicos, con el mundo de la gnosis, con la literatura hermenéutica,
con la comunidad de Qumrán .
Pero hay un aspecto nunca subrayado con suficiente
fuerza: el influjo de Jesús. Y con él la configuración de Jn en un evangelio y
no en un conjunto de reflexiones, o meditaciones, o himnos de acción de gracias.
Es un aspecto que no puede quedar al margen del estudio del evangelio.
El evangelio de Juan es una respuesta a la situación
que vive su comunidad. A la polémica sobre la divinidad y humanidad de Jesús, el
evangelista responde profundizando en el misterio de su encarnación y de su
muerte. Y ante la tentación de huir del mundo, exhorta a los discípulos para que
afiancen su fe en Jesús y, unidos a él, salgan al mundo para dar testimonio de
la verdad.
El cuarto evangelio contiene una profunda reflexión acerca del misterio de
Jesús. Los que se encuentran con él (Nicodemo, la samaritana, el ciego de
nacimiento...) van descubriendo progresivamente la hondura de este misterio. Lo
reconocen como Señor (Jn 4 15), Profeta (Jn 4 19), Mesías (Jn 4 25) y Salvador
del Mundo (Jn 4 42). Pero el evangelista descubre a sus lectores que Jesús es el
Hijo de Dios (Jn 1 34). El misterio de su persona trasciende los estrechos
límites de nuestra historia. Jesús, el Hijo de Dios, estaba unido al Padre, pero
se ha vuelto hacia nosotros y ha puesto en nuestra tierra su frágil tienda de
campaña (Jn 1 1-18). En él se nos ha manifestado la gloria de Dios; él es el
camino, la verdad, la vida (Jn 14 6), el buen pastor (Jn 10 11), la resurrección
(Jn 11 25). Al final de su camino Jesús retorna al Padre a través de la muerte,
que es, paradójicamente, el momento de su glorificación (Jn 13 31-32). La
humanidad y la muerte de Jesús, que resultaban escandalosas para muchos, quedan
así iluminadas, y son comprendidas como gestos del amor de Dios a los hombres
(1Jn 4 9; Jn 15 13). La encarnación revela la hondura de la humanidad de Jesús:
el Jesús terreno es al mismo tiempo el Hijo amado del Padre; y su muerte en la
cruz pone de manifiesto el alcance de su amor desmedido. Por eso, para Juan, la
cruz no es el patíbulo de Jesús, sino su trono (Jn 3 14-15; 12 32; 19 16b-22).
La manifestación de Jesús provoca reacciones
encontradas. Los judíos se oponen sistemáticamente a él, algunos de sus
discípulos lo abandonan porque su enseñanza les resulta inadmisible (Jn 6 60).
Sin embargo, muchos personajes del evangelio lo reconocen como el enviado de
Dios, escuchan su enseñanza y lo siguen. A través de ellos el evangelista
describe las características del auténtico seguidor de Cristo, representado en
Juan (Jn 13 23; 19 26; 20 2; 21 7.20). La primera de ellas es la fe. Los
verdaderos discípulos son aquéllos que, después de contemplar sus signos y
escuchar sus enseñanzas, creen y se mantienen firmemente unidos a él. Jesús los
invita a permanecer en su amor y a continuar la obra que él ha comenzado por
encargo del Padre. El rasgo distintivo de los que creen en él será el amor mutuo
(Jn 13 35), un amor semejante al de Jesús; en esto conocerán todos que son sus
discípulos. Pero, además, Jesús les ha prometido su Espíritu (Jn 14 15-17.25-26;
15 26-27; 16 5-11.12-15) para que les explique todo lo que él les ha dicho y los
defienda de las tribulaciones que han de soportar.
Composición y división del evangelio de san Juan
Al comparar el evangelio de Juan con
los tres evangelios sinópticos (Mt, Mc y Lc) se advierten grandes diferencias.
Gran parte del material que contienen los sinópticos no se encuentra en Juan, y
la mayor parte del material contenido en Juan tampoco se encuentra en los
sinópticos. Además, mientras que el material sinóptico está compuesto por
narraciones aisladas, sentencias breves o grupos de sentencias que han sido
organizadas por el evangelista, en Juan predominan los discursos temáticos. El
vocabulario y los recursos literarios son también distintos. Todos estos datos
inclinan a pensar que la tradición joánica es independiente de la sinóptica.
El evangelio de Juan es, en realidad, un escrito
doctrinal en forma de evangelio. Su primera intención no es narrar, sino
enseñar. El interés principal de esta obra es de carácter teológico; en ella los
milagros son signos; los discursos, más que discursos de Jesús, son discursos
sobre Jesús. Las discusiones no versan sobre los problemas del tiempo de Jesús:
la ley, el sábado, los alimentos puros e impuros..., sino sobre las pretensiones
de Jesús: ser el Mesías, el enviado del Padre... parece como si en este
evangelio se hubieran fundido dos planos: el de la vida de Jesús y el de la
comunidad a la que se dirige.
Así pues, estamos ante un evangelio original, que nos
transmite el mensaje cristiano desde una perspectiva distinta. En él podemos
distinguir dos grandes partes, netamente diferenciadas: el libro de los signos
(Jn 2 1-12 50) y el libro de la pasión-gloria (Jn 13 1-20 31), precedidas de un
prólogo (Jn 1 1-51) y seguidas de un epílogo (Jn 21 1-25).
Prólogo y testimonios (Jn 1, 1-51)
I.
LIBRO DE LOS SIGNOS (Jn 2 1-12 50)
1. La gran novedad (Jn 2 1-4 42)
2. Jesús, palabra que da vida (Jn 4 43-5 47)
3. Jesús, pan de vida (Jn 16 1-71)
4. Jesús, luz y vida (Jn 7 1-8 59)
5. Jesús, luz que juzga al mundo (Jn 9 1-10 42)
6. Victoria de la vida sobre la muerte (Jn 11 1-57)
7. La muerte, camino hacia la vida (Jn 12 1-50)
II. LIBRO DE LA PASIÓN–GLORIA (Jn 13 1-20 31)
1. Discursos de despedida (Jn 13 1-17 26)
2. Historia de la pasión-resurrección (Jn 18 1-20 31)
Epílogo (Jn 21 1-25)
El prólogo anticipa los
grandes temas del evangelio: la palabra, la vida, la luz, la verdad, el mundo,
las tinieblas... y junto a él, los primeros testimonios, que presentan a Juan
como el último gran profeta que señala a Jesús como el Mesías, aquél a quien
anunció Moisés.
La primera parte contiene
siete hechos extraordinarios realizados por Jesús, que el evangelista llama
sistemáticamente “signos”. Estos siete signos van acompañados de largos
discursos y diálogos de Jesús con diversas personas, que explican el sentido de
los signos. Todos estos signos, discursos y diálogos sirven para revelar el
misterio de Jesús.
La segunda parte tiene como
centro la pasión y resurrección de Jesús, presentadas como el momento en que se
manifiesta su gloria. Los capítulos que preceden al relato de la pasión recogen
el testamento de Jesús a sus discípulos en forma de diálogo con ellos y de
discursos de Jesús (Jn 13-17).
El epílogo del evangelio
reúne diversas apariciones de Jesús, en las que el discípulo amado ocupa un
lugar importante, junto con Pedro.
Sobre la fecha de composición del evangelio
La atestación manuscrita más antigua
muestra que por el año 140 el evangelio de Juan era conocido en Egipto, lo cual
hace pensar que Jn se publicó, como muy tarde, hacia el año 125. Por otra parte,
no parece que Jn pudiera haber sido escrito en su redacción definitiva antes de
la ruptura entre la comunidad joánica y la Sinagoga, hecho que nos remitiría a
los años comprendidos entre el 85 y el 95. Por lo tanto, habría que situar la
publicación definitiva del evangelio, como pronto, hacia los años 95-100.