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San Juan Evangelista

Por Luís Morales González

Su festividad se celebra el 27 de diciembre
Es patrón de los teólogos y de los escritores. En Sevilla se le considera el patrón de la juventud, por eso en muchas de las insignias banderines de la juventud suele haber una cruz de san Juan.

San Juan de la Hermandad de la Amargura    San Juan de la Hermandad del Gran Poder   San Juan de la Hermandad de la Cena

     San Juan el Evangelista, a quien se distingue como “el discípulo amado de Jesús” y a quien a menudo llaman “el divino” (es decir, el “teólogo”) sobre todo entre los griegos y en Inglaterra, era un judío de Galilea, hijo de Zebedeo y hermano de Santiago el Mayor, con quien desempeñaba el oficio de pescador.
     Junto con su hermano Santiago y su padre Zebedeo, se hallaba Juan, remendando las redes en la barca, a la orilla del lago de Galilea, cuando Jesús, que acababa de llamar a Pedro y a Andrés, los llamó también a ellos para que fuesen sus apóstoles. El propio Jesucristo les puso a Juan y a Santiago el sobrenombre de Boanerges, es decir, “hijos del trueno”, posiblemente a causa de la vehemencia de su temperamento. En este sentido, es conocido el pasaje de Lc 9 54: «Al ver esto, los discípulos Santiago y Juan dijeron: –Señor, ¿quieres que mandemos que baje fuego del cielo y los consuma?».
     Se dice que san Juan era el más joven de los Doce y que sobrevivió a todos los demás. Es el único de los apóstoles que no murió martirizado.
     Conocido como “el discípulo a quien Jesús amaba”, es evidente que era uno de los más íntimos de Jesús. El Señor quiso que estuviese, junto con Pedro y Santiago, en el momento de su transfiguración (Mt 17 1-3), así como durante su agonía en el Huerto de los Olivos (Mt 26 36-38). En muchas otras ocasiones, Jesús demostró hacia Juan una predilección o un afecto especial; por consiguiente no es de extrañar, desde un punto de vista humano, que la esposa de Zebedeo pidiese al Señor que sus dos hijos llegasen a sentarse junto a él, uno a la derecha y el otro a la izquierda, en su Reino. Es conocida la respuesta de Jesús (Mt 20 20-23):

«Entonces, la madre de los Zebedeos se acercó a Jesús con sus hijos y se arrodilló para pedirle un favor.
Él le preguntó:
-¿Qué quieres?
Ella contestó:
-Manda que estos dos hijos míos se sienten uno a tu derecha y otro a tu izquierda cuando tú reines.
Jesús respondió:
-No sabéis lo que pedís. ¿Podéis beber la copa de amargura que yo he de beber?
Ellos dijeron:
-Sí, podemos.
Jesús les respondió:
-Beberéis mi copa, pero sentarse a mi derecha o a mi izquierda no me toca a mí concederlo, sino que es para quienes lo ha reservado mi Padre».

La Transfiguración: Aelbert Bouts, Fitzwilliam Museum, Cambridge      Juan fue el elegido para acompañar a Pedro a la ciudad a fin de preparar el banquete de la última cena (Lc 22 7-9) y, en el curso de aquella última cena, Juan reclinó su cabeza sobre el pecho de Jesús, y fue a Juan a quien el Maestro indicó, habiendo Pedro preguntado, el nombre del discípulo que habría de traicionarle (Jn 13 23-27). Es creencia general la de que era Juan aquel “otro discípulo” conocido del sumo sacerdote que entró con Jesús ante el tribunal de Caifás, mientras Pedro se quedaba afuera (Jn 18 15-16). Juan fue el único de los Apóstoles que estuvo al pie de la cruz con la Virgen María y las otras piadosas mujeres y fue él quien recibió el sublime encargo de tomar bajo su cuidado a la Madre del Redentor. “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, dijo Jesús a su Madre desde la cruz. “Ahí tienes a tu madre”, le dijo a Juan (Jn 19 26-27). Este es el momento supremo conocido como la “Tercera Palabra”, en el que Cristo confía a Juan el cuidado de su Madre y, desde aquel momento, el discípulo amado tomó como suya a la Madre de nuestro Redentor. El Señor nos llamó a todos hermanos y nos encomendó el amoroso cuidado de su propia Madre, pero entre todos los hijos adoptivos de la Virgen María, san Juan fue el primero. Tan sólo a él le fue dado el privilegio de llevar físicamente a María a su propia casa como una verdadera madre y honrarla, servirla y cuidarla en persona.
     Cuando María Magdalena trajo la noticia de que el sepulcro de Cristo se hallaba abierto y vacío, Pedro y Juan acudieron inmediatamente y Juan, que era el más joven y el más veloz, llegó primero. Sin embargo, esperó a que llegase Pedro y los dos juntos se acercaron al sepulcro y los dos “vieron y creyeron” que Jesús había resucitado (Jn 20 1-9).
     A los pocos días, Jesús se les apareció por tercera vez, a orillas del lago de Galilea, y vino a su encuentro caminando por la playa (Jn 21 4-19). Fue entonces cuando interrogó a Pedro sobre la sinceridad de su amor, le puso al frente de su Iglesia y le vaticinó el martirio. Pedro, al caer en la cuenta de que Juan se hallaba detrás de él, preguntó a su Maestro qué sería de su compañero: «Señor, y éste, ¿qué?» (Jn 21 21) Jesús le respondió: «Si quiero que permanezca hasta que yo venga, ¿a ti qué? Tú sígueme» (Jn 21 22). Debido a aquella respuesta, no es de extrañar que entre los hermanos se rumorease que Juan no iba a morir, un rumor que el mismo Juan desmentiría al indicar que el Señor nunca dijo “no morirá” (Jn 21 23).
     Después de la Ascensión de Jesucristo, Pedro y Juan subían juntos al templo a la hora de la oración y, antes de entrar, curaron milagrosamente a un hombre paralítico. Los dos fueron hechos prisioneros, pues molestaba la doctrina que enseñaban al pueblo y el anuncio de que la resurrección de los muertos se había realizado ya en Jesús, pero se les dejó en libertad con la orden de que se abstuviesen terminantemente de hablar y enseñar en el nombre de Jesús, a lo que Pedro y Juan respondieron: «–¿Os parece justo delante de Dios que os obedezcamos a vosotros antes que a él? Por nuestra parte, no podemos dejar de proclamar lo que hemos visto y oído» (Hechos 4 19-20).
     Después, los Apóstoles fueron enviados a confirmar a los fieles que el diácono Felipe había convertido en Samaría. Cuando san Pablo fue a Jerusalén tras de su conversión se dirigió a aquellos que “parecían ser los pilares” de la Iglesia, es decir a Santiago, Pedro y Juan, quienes confirmaron su misión entre los gentiles y fue por entonces cuando san Juan asistió al primer Concilio de Apóstoles en Jerusalén. Tal vez concluido éste, Juan partió de Palestina para viajar al Asia Menor.
Germán Hernández Amores, La Virgen y San Juan en su viaje a Éfeso después de la muerte del Redentor. 1862, Museo del Prado.     San Ireneo de Lyon , Padre de la Iglesia, quien fuera discípulo de san Policarpo de Esmirna, el cual a su vez fue discípulo de san Juan, es una fuente fiable de información sobre el apóstol. San Ireneo afirma que éste se estableció en Éfeso después del martirio de san Pedro y san Pablo, pero es imposible determinar la época precisa. De acuerdo con la tradición, durante el reinado de Tito Flavio Domiciano, Juan fue llevado a Roma, donde quedó milagrosamente frustrado un intento para quitarle la vida (se cuenta que el emperador quiso matarlo introduciéndolo en una olla de aceite hirviendo, saliendo el apóstol milagrosamente rejuvenecido y más sano de lo que entró). La misma tradición afirma que posteriormente fue desterrado a la isla de Patmos, donde recibió las revelaciones celestiales que escribió en su libro del Apocalipsis.
     Después de la muerte de Domiciano, en el año 96, Juan pudo regresar a Éfeso, y se cree que fue entonces cuando escribió, su Evangelio. Él mismo nos revela el objetivo que tenía presente al escribirlo. «Todas estas cosas las escribo para que podáis creer que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que, al creer, tengáis la vida en su nombre».
     Los más antiguos escritores hablan de la decidida oposición de san Juan a las herejías de los ebionitas (literalmente: “pobres”) y a los seguidores del gnóstico Cerinto, quien lideraba a los llamados “cerintianos”, una rama de los ebionitas próxima al gnosticismo. En cierta ocasión, según Ireneo, cuando Juan iba a los baños públicos, se enteró de que Cerinto estaba en ellos y entonces se volvió y comentó con algunos amigos que le acompañaban: «¡Vámonos hermanos, y a toda prisa, no sea que los baños en donde está Cerinto, el enemigo de la verdad, caigan sobre su cabeza y nos aplasten!». Dice san Ireneo que fue informado de este incidente por el propio san Policarpo, el discípulo personal de san Juan.
     Por su parte, Clemente Alejandrino relata que, en cierta ciudad cuyo nombre omite, Juan vio a un apuesto joven en la congregación y, con el íntimo sentimiento de que mucho de bueno podría sacarse de él, lo llevó a presentar al obispo a quien él mismo había consagrado, diciéndole: «En presencia de Cristo, y ante esta congregación, recomiendo este joven a tus cuidados». De acuerdo con las recomendaciones de san Juan, el joven se hospedó en la casa del obispo, quien le dio instrucciones, lo mantuvo dentro de la disciplina, y a la larga lo bautizó y lo confirmó. Pero desde entonces, las atenciones del obispo se enfriaron, el neófito frecuentó las malas compañías y acabó por convertirse en un asaltante de caminos. Transcurrió algún tiempo, y san Juan volvió a aquella ciudad y pidió al obispo: «Devuélveme ahora el cargo que Jesucristo y yo encomendamos a tus cuidados en presencia de tu iglesia». El obispo se sorprendió creyendo que se trataba de algún dinero que se le había confiado, pero Juan explicó que se refería al joven que le había presentado y entonces el obispo exclamó: «–¡Pobre joven! Ha muerto». «–¿De qué murió?» -preguntó Juan- «–Ha muerto para Dios, puesto que es un ladrón», fue la respuesta. Al oír estas palabras, el anciano apóstol pidió un caballo y un guía para dirigirse hacia las montañas, donde los asaltantes de caminos tenían su guarida, en un monte tenebroso. Nos podemos imaginar a Juan, viejo y desarmado, internándose por estrechos desfiladeros hacia la boca del lobo. Tan pronto como se adentró por los tortuosos senderos de los montes, los ladrones le rodearon y le apresaron. «–¡Para esto he venido!», -gritó Juan- «–¡Llevadme con vosotros!». Al llegar a la guarida, el joven renegado reconoció al prisionero y trató de huir, lleno de vergüenza, pero Juan le gritó para detenerle: «–¡Muchacho! ¿Por qué huyes de mí, tu padre, viejo y sin armas? Siempre hay tiempo para el arrepentimiento. Yo responderé por ti ante mi Señor Jesucristo, y estoy dispuesto a dar la vida por tu salvación. Es Cristo quien me envía». El joven escuchó estas palabras inmóvil en su sitio; luego bajó la cabeza y, de pronto, se echó a llorar y se acercó a san Juan para implorarle, según dice Clemente Alejandrino, una segunda oportunidad. Por su parte, el apóstol no quiso abandonar la guarida de los ladrones hasta que el pecador quedó reconciliado con la Iglesia.
     Aquella caridad que inflamaba su alma, deseaba infundirla en los otros de una manera constante y afectuosa. Dice san Jerónimo en sus escritos que, cuando san Juan era ya muy anciano y estaba tan debilitado que no podía predicar al pueblo, se hacía llevar en una silla a las asambleas de los fieles de Éfeso y siempre les decía estas mismas palabras: «Hijos míos, amaos los unos a los otros...». Alguna vez le preguntaron por qué repetía siempre esta frase, respondiendo Juan: «Porque ese es el mandamiento del Señor y si lo cumplís ya habréis hecho bastante».
     San Juan murió pacíficamente en Éfeso hacia el tercer año del reinado de Trajano, es decir hacia el año cien de la era cristiana, a la edad de noventa y cuatro años, de acuerdo con san Epifanio.

AUTOR DEL EVANGELIO

San Juan Evangelista. JUan Sanchez Salmerón. ca.1721- 1770. Museo Soumaya, Mexico     Los atributos de san Juan son un águila , por la elevada visión mística de su obra y un libro, porque sus páginas están llenas del Espíritu Santo.
     Además de ser el autor del cuarto evangelio, también escribió el Apocalipsis y las tres cartas que llevan su nombre en el Nuevo Testamento.
     El evangelio de Juan es distinto al resto de los evangelios. Su visión de Jesús, su lenguaje misterioso, el enfoque de la obra; todo hace de él un evangelio singular. Se ha dicho de él que es un evangelio espiritual, y ciertamente lo es. Pero, al mismo tiempo, es el evangelio que más insiste en la encarnación de Jesús y en los detalles más humanos de su vida. Ambos aspectos confluyen y aportan nueva luz para contemplar el misterio de Jesús en sus aspectos más profundos (su existencia junto a Dios y su igualdad con él) y en sus consecuencias más concretas (su venida entre nosotros). Divinidad y encarnación aparecen así como dos caras de un mismo misterio, que el prólogo del evangelio expresa magníficamente cuando dice: La Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros.
     Desde el punto de vista de la crítica externa, de la información histórica, a partir de Ireneo (a finales del siglo II) se va imponiendo la autoría joánica del evangelio de san Juan. Es así Juan, el hijo de Zebedeo y hermano de Santiago, el más firme candidato a la autoría de Jn.
     No puede negarse, sin embargo, que los argumentos están lejos de ser claros y definitivos. Desde el punto de vista de la crítica interna, de los datos que proporciona el evangelio de Juan, la cuestión está más definida: nadie niega que Jn se presenta como obra anónima. Y aunque el autor más probable es Juan, el hijo de Zebedeo, este dato no pasa de ser una conclusión probable.
     El evangelio según san Juan es el que cuenta con un vocabulario más corto y con una mayor unidad en su utilización: es una obra madurada realizada con lenguaje sencillo. Parece que se realizó en sucesivas etapas a partir de un núcleo fundamental. Existe una profunda integración entre lo que se llama el Relato de la Pasión y el resto del evangelio, constituyendo la muerte de Jesús su eje vertebrador más hondo. La muerte de Jesús es su victoria sobre el príncipe de este mundo, es su exaltación y el medio por el que se da a conocer su auténtica realidad de Hijo, que vuelve a su Padre. Jesús revela a su Padre, que es su origen y su destino. El Espíritu Santo es quien suscita en el hombre la fe en Jesús, dando testimonio de Jesús y conduciendo al hombre a la verdad plena.
     La tensión con el judaísmo sugiere que pudo ser escrito en algún lugar de Palestina (¿tal vez al noreste?), en el que los judíos tenían gran influencia. La fecha de composición suele fijarse en los últimos años del siglo I d. C.

La comunidad joánica

Pechinas de la cúpula del convento de las Franciscanas Descalzas (vulgo "Bernardas"), de Jaén     Los cristianos a los que se dirige Juan vivían una situación difícil y compleja. La propia historia de la comunidad había pasado por diversas etapas en las que distintos grupos y tendencias habían suscitado polémicas internas, que originaron tensiones y divisiones. Había discípulos de Juan Bautista, a los que el evangelista tiene que explicar la superioridad de Jesús sobre Juan (Jn 1 19-34). Otros no podían aceptar que Jesús fuera el Hijo de Dios (Jn 10 33-38), y mucho menos que Dios se hubiera hecho hombre (2 Jn 7), o que hubiera muerto en la cruz (1 Jn 5 6).
     A estas polémicas internas se añadía la tensión que supone vivir en un ambiente de rechazo y persecución. Sus perseguidores son “los judíos”, que aparecen en casi todas las páginas del evangelio como antagonistas de Jesús. Estos judíos no son ya los maestros de la ley y los fariseos del tiempo de Jesús, sino aquellos que después del año 70 d. C. habían impuesto la tradición farisaica como la única ortodoxa, rechazando la interpretación de la ley de los demás grupos judíos. Los cristianos eran, desde su punto de vista, uno de esos grupos. Pronto decidieron expulsarlos de la Sinagoga (Jn 9 22; 12 42; 16 2), entablando con ellos una dura polémica sobre la divinidad de Jesús. Y esta expulsión de la Sinagoga no era sólo un hecho religioso, sino que llevaba consigo la marginación social allí donde los judíos tenían una cierta preponderancia.
     Ante esta situación los cristianos de la comunidad joánica estaban atemorizados. Algunos tenían miedo de aparecer como discípulos de Jesús (Jn 19 38), y otros habían abandonado la comunidad (Jn 6 66). La principal tentación de los que aún quedaban era alejarse del mundo y encerrarse en el cenáculo (Jn 20 19); recluirse en el círculo en el que se encontraban protegidos.
     En efecto, el evangelio y las cartas de Juan reflejan una comunidad que ha cerrado filas en torno a un misterioso personaje al que ellos llaman “el discípulo amado”. El evangelio lo presenta como el discípulo más cercano a Jesús (Jn 13 23), con una autoridad incluso mayor a la de Pedro. Esta comunidad tuvo también dificultades para integrarse dentro de la gran Iglesia, por sus diferentes perspectivas teológicas.
     No tenemos, fuera de Jn, ningún dato externo que nos informe lo más mínimo acerca de este grupo cristiano. Por eso lo que vamos a decir sobre esta comunidad tiene un carácter general e hipotético:

-Es una comunidad que crece y profundiza su identidad.
-Una comunidad judeocristiana, al menos nuclearmente.
-La comunidad joánica vive, o ha vivido, un momento fundamental de su existencia en dura polémica con la Sinagoga.
-Un aspecto fundamental de la comunidad joánica es su apertura a otros grupos del judaísmo (samaritanos, Qumrán).
-Todo esto se concreta en la historia de la comunidad. Con todo, es muy difícil saber cuáles fueron los pasos más importantes de esta comunidad.
-Finalmente, hay que decir que la centralidad de Jesús parece responder al tipo de experiencia cristiana de la comunidad más que a esquemas culturales o a la fuerza de la misma tradición.

Marco cultural del evangelio

     Es una cuestión claramente abierta. Las respuestas han sido múltiples. Las más importantes hablan de la relación con los textos rabínicos, con el mundo de la gnosis, con la literatura hermenéutica, con la comunidad de Qumrán .
     Pero hay un aspecto nunca subrayado con suficiente fuerza: el influjo de Jesús. Y con él la configuración de Jn en un evangelio y no en un conjunto de reflexiones, o meditaciones, o himnos de acción de gracias. Es un aspecto que no puede quedar al margen del estudio del evangelio.
     El evangelio de Juan es una respuesta a la situación que vive su comunidad. A la polémica sobre la divinidad y humanidad de Jesús, el evangelista responde profundizando en el misterio de su encarnación y de su muerte. Y ante la tentación de huir del mundo, exhorta a los discípulos para que afiancen su fe en Jesús y, unidos a él, salgan al mundo para dar testimonio de la verdad.
     El cuarto evangelio contiene una profunda reflexión acerca del misterio de Jesús. Los que se encuentran con él (Nicodemo, la samaritana, el ciego de nacimiento...) van descubriendo progresivamente la hondura de este misterio. Lo reconocen como Señor (Jn 4 15), Profeta (Jn 4 19), Mesías (Jn 4 25) y Salvador del Mundo (Jn 4 42). Pero el evangelista descubre a sus lectores que Jesús es el Hijo de Dios (Jn 1 34). El misterio de su persona trasciende los estrechos límites de nuestra historia. Jesús, el Hijo de Dios, estaba unido al Padre, pero se ha vuelto hacia nosotros y ha puesto en nuestra tierra su frágil tienda de campaña (Jn 1 1-18). En él se nos ha manifestado la gloria de Dios; él es el camino, la verdad, la vida (Jn 14 6), el buen pastor (Jn 10 11), la resurrección (Jn 11 25). Al final de su camino Jesús retorna al Padre a través de la muerte, que es, paradójicamente, el momento de su glorificación (Jn 13 31-32). La humanidad y la muerte de Jesús, que resultaban escandalosas para muchos, quedan así iluminadas, y son comprendidas como gestos del amor de Dios a los hombres (1Jn 4 9; Jn 15 13). La encarnación revela la hondura de la humanidad de Jesús: el Jesús terreno es al mismo tiempo el Hijo amado del Padre; y su muerte en la cruz pone de manifiesto el alcance de su amor desmedido. Por eso, para Juan, la cruz no es el patíbulo de Jesús, sino su trono (Jn 3 14-15; 12 32; 19 16b-22).
     La manifestación de Jesús provoca reacciones encontradas. Los judíos se oponen sistemáticamente a él, algunos de sus discípulos lo abandonan porque su enseñanza les resulta inadmisible (Jn 6 60). Sin embargo, muchos personajes del evangelio lo reconocen como el enviado de Dios, escuchan su enseñanza y lo siguen. A través de ellos el evangelista describe las características del auténtico seguidor de Cristo, representado en Juan (Jn 13 23; 19 26; 20 2; 21 7.20). La primera de ellas es la fe. Los verdaderos discípulos son aquéllos que, después de contemplar sus signos y escuchar sus enseñanzas, creen y se mantienen firmemente unidos a él. Jesús los invita a permanecer en su amor y a continuar la obra que él ha comenzado por encargo del Padre. El rasgo distintivo de los que creen en él será el amor mutuo (Jn 13 35), un amor semejante al de Jesús; en esto conocerán todos que son sus discípulos. Pero, además, Jesús les ha prometido su Espíritu (Jn 14 15-17.25-26; 15 26-27; 16 5-11.12-15) para que les explique todo lo que él les ha dicho y los defienda de las tribulaciones que han de soportar.

Composición y división del evangelio de san Juan

     Al comparar el evangelio de Juan con los tres evangelios sinópticos (Mt, Mc y Lc) se advierten grandes diferencias. Gran parte del material que contienen los sinópticos no se encuentra en Juan, y la mayor parte del material contenido en Juan tampoco se encuentra en los sinópticos. Además, mientras que el material sinóptico está compuesto por narraciones aisladas, sentencias breves o grupos de sentencias que han sido organizadas por el evangelista, en Juan predominan los discursos temáticos. El vocabulario y los recursos literarios son también distintos. Todos estos datos inclinan a pensar que la tradición joánica es independiente de la sinóptica.
     El evangelio de Juan es, en realidad, un escrito doctrinal en forma de evangelio. Su primera intención no es narrar, sino enseñar. El interés principal de esta obra es de carácter teológico; en ella los milagros son signos; los discursos, más que discursos de Jesús, son discursos sobre Jesús. Las discusiones no versan sobre los problemas del tiempo de Jesús: la ley, el sábado, los alimentos puros e impuros..., sino sobre las pretensiones de Jesús: ser el Mesías, el enviado del Padre... parece como si en este evangelio se hubieran fundido dos planos: el de la vida de Jesús y el de la comunidad a la que se dirige.
     Así pues, estamos ante un evangelio original, que nos transmite el mensaje cristiano desde una perspectiva distinta. En él podemos distinguir dos grandes partes, netamente diferenciadas: el libro de los signos (Jn 2 1-12 50) y el libro de la pasión-gloria (Jn 13 1-20 31), precedidas de un prólogo (Jn 1 1-51) y seguidas de un epílogo (Jn 21 1-25).

Prólogo y testimonios (Jn 1, 1-51)

I. LIBRO DE LOS SIGNOS (Jn 2 1-12 50)

1. La gran novedad (Jn 2 1-4 42)
2. Jesús, palabra que da vida (Jn 4 43-5 47)
3. Jesús, pan de vida (Jn 16 1-71)
4. Jesús, luz y vida (Jn 7 1-8 59)
5. Jesús, luz que juzga al mundo (Jn 9 1-10 42)
6. Victoria de la vida sobre la muerte (Jn 11 1-57)
7. La muerte, camino hacia la vida (Jn 12 1-50)

II. LIBRO DE LA PASIÓN–GLORIA (Jn 13 1-20 31)

1. Discursos de despedida (Jn 13 1-17 26)
2. Historia de la pasión-resurrección (Jn 18 1-20 31)

Epílogo (Jn 21 1-25)

     El prólogo anticipa los grandes temas del evangelio: la palabra, la vida, la luz, la verdad, el mundo, las tinieblas... y junto a él, los primeros testimonios, que presentan a Juan como el último gran profeta que señala a Jesús como el Mesías, aquél a quien anunció Moisés.

     La primera parte contiene siete hechos extraordinarios realizados por Jesús, que el evangelista llama sistemáticamente “signos”. Estos siete signos van acompañados de largos discursos y diálogos de Jesús con diversas personas, que explican el sentido de los signos. Todos estos signos, discursos y diálogos sirven para revelar el misterio de Jesús.

     La segunda parte tiene como centro la pasión y resurrección de Jesús, presentadas como el momento en que se manifiesta su gloria. Los capítulos que preceden al relato de la pasión recogen el testamento de Jesús a sus discípulos en forma de diálogo con ellos y de discursos de Jesús (Jn 13-17).

     El epílogo del evangelio reúne diversas apariciones de Jesús, en las que el discípulo amado ocupa un lugar importante, junto con Pedro.

Sobre la fecha de composición del evangelio

     La atestación manuscrita más antigua muestra que por el año 140 el evangelio de Juan era conocido en Egipto, lo cual hace pensar que Jn se publicó, como muy tarde, hacia el año 125. Por otra parte, no parece que Jn pudiera haber sido escrito en su redacción definitiva antes de la ruptura entre la comunidad joánica y la Sinagoga, hecho que nos remitiría a los años comprendidos entre el 85 y el 95. Por lo tanto, habría que situar la publicación definitiva del evangelio, como pronto, hacia los años 95-100.

PRESENCIA DE SAN JUAN EVANGELISTA EN LA SEMANA SANTA SEVILLANA6

Hermandades de la Semana Santa Sevillana con San Juan como Santo Titular


San Juan de la Hermandad de San Gonzalo

Jesús Despojado. (va en el palio al lado de la Virgen)
La Amargura. (va en el palio al lado de la Virgen)
Santa Genoveva. (la advocación es “San Juan Evangelista en la Tercera Palabra”) Éste no aparece en ningún paso de la hermandad.
San Gonzalo. (no aparece en ningún paso de la hermandad)
La Bofetá. (va en el palio al lado de la Virgen)
La Lanzada. (va en el paso de cristo)
Las Siete Palabras. (va en el paso de misterio)
Esperanza de Triana. (no aparece en ningún paso de la hermandad)
El Sol (va en el palio al lado de la Virgen)
 

San Juanes que van en pasos pero que no son titulares


 

El Amor. (va en el paso de misterio)
La Cena. (va en el paso de misterio)
San Juan de la Hermandad de la Quinta AngustiaBeso de Judas. (va en el paso de misterio)
Santa Marta. (va en el paso de misterio – único paso)
Las Aguas. (va en el paso de misterio)
Carmen Doloroso. (va en el paso de misterio)
Los Panaderos. (va en el paso de misterio)
Montesión. (va en el paso de misterio)
La Quinta Angustia. (va en el paso de misterio – único paso)
Pasión. (va en el palio al lado de la Virgen)
El Silencio. (va en el palio al lado de la Virgen)
Gran Poder. (va en el palio al lado de la Virgen)
La Carretería. (va en el paso de misterio)
La Mortaja. (va en el paso de misterio – único paso)
La Trinidad. (va en el paso de misterio)
Santo Entierro. (va en el paso de misterio)
 

Hermandades que tienen San Juan pero ni son titulares ni procesionan


 

La Paz
San Roque
Las Penas
El Cerro
San Juan de la Hermandad de la ResurreciónLos Javieres
Los Estudientes
San Benito
La Candelaria
San Bernardo
Buen Fin
El Baratillo
Cristo de Burgos
Exaltación
Las Cigarreras
El Valle
Calvario
Los Gitanos
El Cachorro
San Isidoro
Montserrat
Los Servitas
La Resurrección
 

Hermandades que no tienen San Juanes


 

La Hiniesta
La Estrella
El Cautivo de San Pablo
Vera Cruz
El Museo
San Esteban
Santa Cruz
Los Negritos
Macarena
Soledad de San Buenaventura
La O
Soledad de San Lorenzo
 

[1] Fue san Ireneo quien acuñó en su sentido cristiano, tal como hoy lo conocemos, el término mística. El vocablo mística aparece en Herodoto y en Esquilo, en el s. V, a. C. y se deriva de la raíz mu( mi) relacionada con el verbo muw (mio) que significa cerrar, especialmente cerrar ojos y boca (de ahí procede el adjetivo miope). Desde la idea de cerrado se evoluciona paulatinamente hacia lo oculto, secreto, recóndito y misterioso. Pero el vocablo no aparece como tal ni en el Antiguo ni en el Nuevo Testamento. En su sentido cristiano lo vemos mencionado por primera vez en el siglo II de nuestra era, por san Ireneo (como digo ut supra), aunque este término no tenga todavía en él la fuerza, la expresividad y la hondura que adquiriría a partir del s. IV. Fue Ireneo quien, precediendo a los grandes teorizadores del medievo, explicó la naturaleza de esa habitación íntima o sustancia en la que tienen lugar los encuentros místicos del alma con su Creador (San Bernardo: In Canticum, Sermón XLVI, 8). En ese corazón del espíritu transformado por la gracia el ánima se convierte en deiforme.

[2] Los ebionitas fueron una secta judeo-cristiana de la época cristiana primitiva, a la que se opuso san Ireneo de Lyon a finales del s. II. Eran, según parece, ascetas y observaban rigurosamente la Ley judía, sin tomar en cuenta correctamente la plenitud de la revelación de Cristo. También creían que Jesús era el Mesías, pero en el sentido de que era un hombre virtuoso ungido por el Espíritu y negaban su naturaleza divina.

[3] Los gnósticos creían que ellos eran los auténticos depositarios de las enseñanzas de Cristo, y que sólo ellos alcanzarían la plena salvación. Los Padres de la Iglesia los consideraron herejes por apelar a tradiciones secretas, por su visión reprobatoria del Dios Creador y por su visión docética de Cristo, es decir, por postular que Cristo sólo había “asumido” forma humana y que la crucifixión fue sólo un engaño para confundir a los poderes del mal.

[4] El profeta Ezequiel, en el comienzo de sus vaticinios, describe la gloria de Dios con la imagen de una especie de nube ígnea que se mueve tirada por una cuadriga compuesta por cuatro seres raros y misteriosos. Cada uno de ellos tiene un cuádruple aspecto: de hombre o ángel, de león, de toro y de águila. El espíritu de Dios impulsa a estos seres y los lleva adonde él quiere. La tradición patrística ha querido ver en estas cuatro representaciones los símbolos de los cuatro evangelios que difunden el nombre glorioso de Cristo por todo el orbe. Y Rafael ha dado forma plástica a este pasaje de Ezequiel representando a Jesucristo en medio de una nube arrastrada por los cuatro mencionados: Hombre (Ángel), León, Toro y Águila. Ha sido la tradición, que influyó en los artistas, la encargada de distribuir estas denominaciones con sus corporeidades plásticas y aplicárselas a cada uno de los cuatro evangelistas: san Mateo, el hombre o ángel; san Marcos, el león; san Lucas, el toro; y san Juan, el águila.

[5] La comunidad de Qumrán estaba formada por judíos de un grupo religioso muy particular, conocido como los esenios, de quienes nos han llegado noticias a través de Flavio Josefo, Plinio el Viejo y Filón de Alejandría. Se caracterizaban por vivir al margen de la sociedad, en pueblos o comunidades aisladas, muy bien organizadas, muy cerradas, y en las que se practicaba la comunidad de bienes. Su ascetismo y su férrea disciplina moral sorprendían a Plinio, quien escribiría de ellos: «Es un pueblo único en su género y admirable en el mundo entero: no tiene mujeres, ha renunciado enteramente al amor, carece de dinero, amigos de las palmeras. De día en día renace en igual número gracias a la multitud de los nuevos llegados. En efecto, afluyen en gran número los que, cansados de las vicisitudes de la fortuna, la vida orienta a la adopción de sus costumbres» (Naturalis historia, V 15, 73). Frecuentemente se ha relacionado a los esenios con san Juan Bautista y con Jesús, existiendo afinidades entre los escritos de Qumrán y determinados textos del Nuevo Testamento, en particular los escritos joánicos. Sin embargo, aún no se ha probado suficientemente la verdadera relación entre el cristianismo y los esenios.

[6] No se han incluido todas las imágenes de san Juan que hay en los adornos de los pasos o en las insignias, como pequeña estatuaria o relieves.

Luis Morales González

 

Bibliografía:

–. BUTLER, Rvdo. Alban. Vidas de los Santos. Ed. Libsa. Alcobendas (Madrid). 2008. –RUIZ MARTORELL, Julián. Introducción al Nuevo Testamento. Instituto Superior de Ciencias Religiosas “San Agustín”. Madrid. 2006.
–. La Biblia. La Casa de La Biblia. Madrid. 2001.
–. Página web de las Siervas de los Corazones Traspasados de Jesús y María: www.corazones.org
–. Diccionario de las Religiones. Espasa Calpe, S.A. Madrid. 1998. –Historia de Israel. Instituto Internacional de Teología a Distancia. Madrid. 2001
–. MORALES BORRERO, Manuel. El Convento de Carmelitas Descalzas de Úbeda y el Carmelo Femenino en Jaén -María de la Cruz, O.C.D. Su vida y su obra
-. Estudio y edición paleográfica. Diputación Provincial de Jaén -Instituto de Estudios Giennenses-. 1995.

 

©  Luís Morales González. 8-IV-2010

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